Ciencia y diplomacia

No existe una globalización, sino muchas. El efecto económico (mercados interconectados y macroáreas comerciales), político (¿he mencionado ya a Trump y el Brexit?) y social (identidad, territorio, cultura) es desigual y se asemeja más al paso de un tornado que a un tsunami. Unos sectores permanecen ajenos al gran cambio, mientras que otros han sido asolados. De este modo, los asuntos globales fraguan nuevos desafíos: el cambio climático, las macrociudades, el capitalismo de plataforma digital, la seguridad alimentaria, la gestión de la diversidad y la identidad, las migraciones internacionales, la resistencia de las bacterias, las epidemias globales o la administración de los residuos y el agua son algunos ejemplos. Tienen algo en común: se requiere ciencia, tecnología e innovación para afrontarlos. En ellos no rige el principio de soberanía que atraviesa el derecho internacional, sino el de capacidad de acción e influencia. Prima la colaboración sobre la imposición de voluntades. Se diluye el Estado nación westfaliano, porque la acción de la ciencia no atiende a fronteras. Tampoco la tecnología. No existe un estándar nacional para el desarrollo digital, sino uno (o varios) de carácter internacional. La interoperabilidad del Internet de las Cosas, los hubs de distribución y transporte que requiere el comercio electrónico, las aplicaciones de economía colaborativa o las normas para el 5G serán globales… o no serán.

Se atisba ya el impacto de la ciencia en los nuevos acuerdos internacionales. El control de la energía nuclear aparece en las negociaciones con Irán. La asistencia médica y tecnológica es clave en la nueva relación entre Cuba y Estados Unidos. En Turquía, las centrales nucleares y los gaseoductos cuentan con tecnología rusa. En las negociaciones del Brexit, los científicos quieren salvar su participación en los programas europeos de intercambio e inversión para no aislarse. En éstos y otros procesos, la defensa de los intereses nacionales tienen que alinearse con la adquisición, utilización y comunicación pública del conocimiento científico.

La diplomacia científica se plasma en tres fenómenos concatenados. En primer lugar, porque se ha dado forma al colegio invisible, al conjunto de investigadores y tecnólogos que trabajan de forma colaborativa a escala global. Este colegio se constata en el crecimiento del número de artículos firmados de forma conjunta por académicos de dos o más países. En 1997, representaban el 16% de la literatura científica, mientras que en 2012 ya se sitúa en el 25%. El colegio invisible vive en las redes digitales y su epítome es Sci-hub, un repositorio con más de 47 millones de artículos puestos a disposición de la comunidad por parte de los propios autores. Sin que medie pago por lectura, los científicos leen los avances en sus materias. Las redes han facilitado que el colegio invisible colabore de forma activa, no porque sea una imposición de terceros, sino por el propio afán de expandir el conocimiento, mejorar la investigación y progresar en una materia dada.

El segundo es el auge de la identidad global de la ciencia. Es fruto de la asimetría de los gobiernos frente a los avances, el rigor y las propias capacidades nacionales. El colisionador de hadrones en los laboratorios del CERN, las exploraciones y campañas en la Antártida o el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) son muestras del apego a la ciencia antes que al pasaporte. Existe evidencia de la movilidad del talento científico. No es una fuga al uso, sino una diáspora que se mueve por motivaciones concretas: trabajar en un laboratorio particular, poder trabajar en una línea de investigación, contar con un equipo internacional, participar en proyectos internacionales, entre otras razones. Hay movilidad porque los países compiten por ese talento con oportunidades de carrera profesional, buenos sueldos y capacidad de progresión basada en los méritos. Las barreras artificiales que pueden provocar los nuevos nacionalismos tendrán efectos en la comunidad científica. Sea la salida del Reino Unido, las prohibiciones de Trump o las depuraciones en Turquía, esos científicos perjudicados acabarán trabajando en otros entornos. ¿Podrá España atraerles?

El tercer elemento es aspiracional. En plenas turbulencias y crisis de confianza, la ciencia internacional ofrece herramientas para la mejora de la vida pública, la creación de nuevos yacimientos de empleo y el refuerzo de la colaboración. La ciencia ofrece criterio profesional porque los procedimientos y los métodos científicos son exigentes. Rinden cuentas ante la comunidad científica de modo transparente y permanente. Tiene efectos en el ámbito moral porque las decisiones que tomemos ante el cambio climático, el más relevante, tendrá consecuencias irreparables. Y, por último, afecta a la política económica en tanto en cuanto orienta las inversiones públicas y privadas, así como el plan de I+D.

El reto está ahí. La ciencia internacional es la respuesta, sea cual sea la pregunta.

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