Ciencia es cultura, una cuestión de salud

Por Antonio Calvo Roy.

Lejos de ser un oxímoron, la expresión “ciencia es cultura” refleja una evidencia escondida, valga la paradoja, o parajoda. No es posible pensarse culto si no se es capaz de citar un par de obras de Shakespeare o tres personajes de El Quijote, pero conocer las leyes de la evolución parece que pertenece a un complejo arcano inextricable. Es un lugar común, en una cena, pedir a alguien que divida la cuenta “porque yo soy de letras”, pero sería inadmisible que alguien dijera “lee tú la carta, que soy de ciencias”.

Según la definición de Jorge Luis Borges, “En la figura que se llama oxímoron, se aplica a una palabra un epíteto que parece contradecirla; así los gnósticos hablaron de una luz oscura; los alquimistas, de un sol negro.” ¿Responde a esa definición “ciencia es cultura”? Quizá, porque a nadie se le ocurre decir “poesía es cultura” o, “pintura es cultura” porque parece que eso es evidente. Pero no, “ciencia es cultura” no es un oxímoron, la ciencia no solo es parte de la cultura sino que no es posible pensar en cultura sin que se incluya la ciencia porque hoy no es posible entender el mundo sin la ciencia. Mario Bunge, el filósofo argentino que tiene ya 96 lúcidos años, dice que no hay filosofía fuera de la ciencia, lo que equivale a decir que no hay conocimiento, sabiduría digna de tal nombre, que no incluya los saberes científicos.

No estamos, tampoco en esto, ante una discusión nueva. La separación entre artes y ciencias es antigua, pero parece que la brecha se mantiene siempre viva. En 1959 C. P. Snow pronunció en Cambridge su célebre conferencia Las dos culturas, un llamamiento a evitar esa distancia sideral entre humanidades y ciencias naturales e instando a establecernos en la tercera cultura, el paraíso de los puentes. Desde entonces ha pasado mucha agua bajo ellos.

Desde que, hace unos 12.000 años, dejamos de servirnos de las plantas y empezamos a servirlas a ellas (léase Sapiens, de Yuval Noah Harari) el estudio atento de la naturaleza ha permitido resolver los problemas más acuciantes, al mismo tiempo que creaba otros, porque no hemos de olvidar que cada nueva tecnología viene acompañada de sus propios accidentes. Desde hace unos 500 años el incremento del conocimiento ha sido exponencial y en estos últimos tres decenios las cotas alcanzadas nos convierten en ciudadanos de la ciencia ficción de hace no tanto. Hoy están en activo más investigadores de los que ha habido, sumados, a lo largo de toda la historia, y sus descubrimientos se aplican a toda velocidad.

Por eso hoy no se puede ser culto sin tener opinión, y criterio, de muchos asuntos cuya comprensión exige nociones básicas de ciencia. Así como no es culto quien sostenga que la Tierra es plana, tampoco lo es quien no sepa qué efecto tiene el CO2 sobre la atmósfera o por qué los antibióticos son útiles contra las bacterias pero no contra los virus. Hoy, como siempre, el mundo se articula en torno al conocimiento y no es posible dejar a una parte de la sociedad fuera de la discusión por incomparecencia, o por ausencia de las palabras. Por eso creo que hay que hacer un esfuerzo para que la ciencia forme parte de la cultura, que así como nadie se enorgullece de no saber leer, que nadie alegremente diga “divide tú, que soy de letras”.

Es crucial el papel de los periodistas científicos y de quienes se dedican a la comunicación de la ciencia en sus cada día más variadas facetas. A mi juicio, el periodismo científico es la estrella del periodismo actual porque somos los encargados de explicar a nuestros contemporáneos cómo es el mundo en el que vivimos, y cómo, parece, será en los próximos años.

De la gestación subrogada –esa nueva manera de alquilar mujeres-, al cambio climático -¿importa que se haya adelantado dos semanas la floración de los cerezos en Japón?-; de la robótica y los cíborg -¿el ritmo natural de la evolución?-, a las terapias génicas, -¿esta vez de verdad?-, los nuevos escenarios para la humanidad están construidos, como siempre, sobre pilares científicos, pero ahora una buena parte de la población ya ni siquiera entiende las palabras, ni hablar de los conceptos. Y esas palabras son necesarias para establecer debates sociales, sobre energía y cambio climático, por ejemplo, debates imprescindibles si queremos evitar cambios irreversibles en la piel del planeta. Esas cicatrices no acabarán con la Tierra, desde luego, ni siquiera con la vida, pero afectarán notablemente a cómo vivimos nosotros y, quizá, determinen que la especie más lista que ha existido nunca, capaz de llegar a la Luna y disfrutar con El Quijote, también haya sido –otra paradoja- la más efímera.

Vivimos un periodo, otro, en el que nos rendimos reverencialmente ante la sólida cultura del poeta pero nos asustamos ante el anuncio del descubrimiento de las ondas gravitacionales. Pero también vivimos en un momento en el que los museos de ciencia han proliferado y además son extraordinariamente populares. Estoy convencido de que hay una relación entre el número de museos de ciencia y el mayor interés que, según la encuesta bianual de la Fecyt, demuestran los españoles por la ciencia. Ya se sabe, se siembra lo que se recoge y no es lo mismo sembrar museos de ciencia que sembrar salsarosas y horaspuntas.

Por eso hacer del lema “ciencia es cultura” un forma de estar en el mundo es una necesidad a la que no podemos dejar de lado. Porque sin ciencia en la cultura la sociedad no será democrática y estaremos al arbitrio de un conocimiento experto hurtado a la mayoría. Mi idolatrado Odón de Buen, el oceanógrafo que estaba en todas partes y del que he escrito una biografía, sabía bien la importancia de la comunicación de la ciencia y la relación con la democracia. Por eso, en su libro Síntesis de una vida política y científica, dejó escrito que “No os extrañe, amigos míos, que ponga el empeño de popularizar la Ciencia aun por encima de mi labor universitaria; la necesidad impone en España esta preferencia, que a muchos podrá parecer un sacrilegio. Pónganse las trabas que se quiera, siempre resulta triunfante la soberanía popular; aún los Césares y los dictadores que se creen árbitros de los destinos de los pueblos, vienen a ser al fin y al cabo la resultante de un estado de opinión pública, y cuando esta cambia, caen a tierra los que pretendían dominarla. Conquiste el positivismo la opinión popular, y su influencia será firme y duradera; viva la Ciencia separada del pueblo, y estará a merced de los gobernantes, como el destino público de la más baja estofa. La conveniencia, si esta quiere invocarse, exige conquistar la opinión en beneficio de las Ciencias naturales.”

 

Si las ciencias naturales no forman parte del conocimiento, adiós al conocimiento. Si el positivismo de Auguste Comte al que se refiere De Buen –es decir, admitir como válidos sólo los conocimientos adquiridos mediante el método científico- cunde entre nosotros, nos irá mejor a todos. Como también decía De Buen “la ignorancia solo engendra brutales pasiones”.

Por ello es preciso reivindicar el periodismo científico y la comunicación de la ciencia, para que no haya universidades que impartan títulos de homeopatía, para que nadie diga gratis que cura el cáncer con hierbajos, para que no haya espacios de comunicación, sobre todo espacios públicos, en los que las falsas ciencias y la superchería hagan su agosto, en los que impunemente se ponga en solfa, por ejemplo, la eficacia de las vacunas. Porque, finalmente, que la ciencia sea cultura es, también, una cuestión de salud.

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