Cien sonetos para derribar a un tirano

El diputado republicano José Antonio Balbontín transitó por la escritura como un espacio más de su compromiso político, que llegó a su cumbre con la publicación del libro Por el amor de España y de la Idea, cuyos poemas se leyeron de forma clandestina en la España de Franco.

Apenas queda hoy rastro de aquel escritor en crudo que fue José Antonio Balbontín (Madrid, 1893-1978), quien remató por el lado de la abogacía y la política en diputado por Sevilla en las Cortes Constituyentes de 1931, magistrado del Tribunal Supremo durante la Guerra Civil y ministro consejero en Londres del gobierno de la República en el exilio. “Yo soy un modesto intelectual que no tuvo ocasión, ni acaso facultades, para realizar una obra consistente, pero que dedicó, desde luego, las mejores horas de su vida al pensamiento puro y desinteresado”, se lee en sus memorias La España de mi experiencia (1952; reeditadas en 2007 por el Centro de Estudios Andaluces).

A él, sin embargo, le debemos un libro extraño, y hoy casi olvidado, que circuló clandestinamente en los años más duros de la dictadura. Su título, Por el amor de España y de la Idea. Cien sonetos de combate contra Franco y sus huestes, acompañado por la leyenda: “Se autoriza la difusión de estos versos, dentro y fuera de España”. El volumen llegó a la imprenta en México en 1956, pero, al parecer, ya desde un par de años antes, sus versos se leían por Madrid y Barcelona con el seudónimo de Juan de la Luz. “Y ahora quisiera, antes de hundirme muerto, / sólo una gracia dolorosa y grave: / ver a mi patria, eliminar a Franco”, dice el poema titulado Mi aspiración.

En este libro “late el espíritu combativo de un joven republicano de 63 años”, sostiene Aitor Larrabide, quien lo puso de nuevo en órbita en la revista literaria Los papeles mojados de Río Seco tras descubrir su rastro en el epistolario de Balbontín, hijo de un ilustre letrado que heredó la industria de anisados Ideal del Punto, con despacho en la sevillana Puerta Osario. “Le entregué a un amigo de Madrid que me visitó en Londres una colección de sonetos antifranquistas, que yo escribí en mis ratos de ocio y que, al parecer, están circulando bastante”, informa por carta el 24 de septiembre de 1954 a Félix Gordón Ordás, presidente del Consejo de Ministros de la República en el exilio.

Sorprende José Antonio Balbontín en Por el amor de España y de la Idea. Cien sonetos de combate contra Franco y sus huestes por su dominio de la sátira política, como en el poema que dispara contra el yerno de Franco, Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde: “Ahora has dado a tu jefe un nieto macho / –quiero decir varón– y el populacho/ de Falange le aclama en su bautismo / como a un bizarro príncipe franquista”. En esta línea, en la composición titulada Marianista, anima incluso a que se lleve a cabo un tiranicidio: “Si no hay un hombre que te parta el pecho, / es que se ha muerto el corazón de España”.

La poesía propagandística no es un desahogo puntual en la carrera literaria de Balbontín. En La España de mi experiencia evoca, por ejemplo, cómo en la noche del 8 de noviembre de 1936, “con los cañones alemanes vomitando su rabia sobre Madrid, y las tropas moras arrastrándose por las cercanías de la Cárcel Modelo, tuve el honor de recitar personalmente, desde la estación de radio que operaba en la Casa de Correos, creo que bajo un control sindicalista, un romance de título inequívoco, A Franco el pirata, que se publicó por entonces en algunas hojas populares: Y en nombre del pueblo heroico/ que manchaste con tu baba, / te estruje en tu madriguera, / como a un reptil, la garganta”.

Pero acaso el antecedente más salvaje de los poemas de Por el amor de España y de la Idea está en el episodio protagonizado por Balbontín contra Miguel Primo de Rivera. Bajo el pseudónimo de María Luz de Valdecilla, “una linda moza de quince años”, el escritor consiguió publicar el 15 de abril de 1929 en el periódico La Nación, órgano oficial de la dictadura, un soneto acróstico en apariencia elogioso, pero que escondía en las primeras letras de cada uno de los versos el lema: “Primo es borracho”. Tal fue el escándalo que los ejemplares fueron retirados de inmediato por orden gubernamental y se ofreció una recompensa por alguna revelación que condujera al verdadero autor.

“La policía hizo intensas investigaciones en los círculos literarios de Madrid. Se sospechaba de Valle-Inclán y de Luis de Tapia (ambos ya fallecidos) y se ofrecieron premios al que apuntase una pista segura –recuerda en el libro de memorias La España de mi experiencia-. Yo guardé cautamente mi secreto, pero no estaba dispuesto a consentir que sufriese nadie por mi culpa. Afortunadamente, no me vi precisado a ostentar mi paternidad del soneto, porque Primo de Rivera tuvo en aquella rara ocasión –no sé si por propia iniciativa o por consejo autorizado- la atinada prudencia de ahogar este incidente en el silencio”.

Pero a la mirada corrosiva le da relevo la ternura en los poemas de Por el amor de España y de la Idea. Ocurre así cuando se refiere a los republicanos caídos o a la resistencia de Madrid, como en La castañera: “Viejecita madrileña castañera. / Murió por disparo moro. / Y se quedó dormida, ya sin pena, / acariciando sus castañas de oro / con un reír de niña loca y buena”. Rosalía de Castro, Lorca y Machado, y el héroe de la insurrección de Jaca, Fermín Galán, también aparecen en el libro, junto con poemas nostálgicos. “Brindo estos versos a la eterna gloria / de la España leal. A la memoria/ de un millón de héroes…”, se lee en el titulado Dedicatoria.

La molécula de desafío de estos poemas es la de alguien convencido del poder de agitación de la Literatura. Porque, a su manera, Balbontín –incrustado en las Cortes Constituyentes de 1931 en el grupo de “los jabalíes”, denominación que Ortega y Gasset propinó a un grupo de diputados con ánimo agitador y formas abruptas- fijó en su escritura otro modo de vivir. Para él, no era una osadía pública, sino una ambición íntima que se disfrazaba de golpe o de caricia. Con seguridad, lo suyo no está entre lo mejor dicho de su tiempo, pero sí contiene una lección a tener en cuenta: conviene ser auténtico hasta la destrucción.

Al margen de esa deriva combatiente, Balbontín, cuya biografía se entrelaza con Blas Infante, Unamuno, Valle-Inclán y La Pasionaria, hará parada, tras un primer libro casi adolescente (Albores, 1910, dedicado a la Virgen y a su madre fallecida), en la poesía de tintes regionalistas (De la tierruca, 1912) y religiosa (La risa de la esperanza, 1914). Todos estos títulos fueron “objeto de numerosas reseñas y bien acogidos por algunos críticos”, apunta Leandro Álvarez Rey en el diccionario biográfico Los diputados por Andalucía en la Segunda República (1931-1939). “De hecho –añade el historiador-, Balbontín llegó a recibir la Flor Natural en uno de los Juegos Florales del Ateneo de Sevilla, cultivando en aquellos años la amistad de José María Izquierdo, alma de esta institución”.

Sobre su debut literario, Enrique Roldán Cañizares, investigador de Historia del Derecho de la Universidad de Sevilla, sostiene en el libro Activistas, militantes y propagandistas. Biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978), publicado por el sello Athenaica, que “el censor eclesiástico no sólo no encontró ningún ataque a la fe en el libro, como era obvio, sino que se vanagloriaba de “ver resueltos en sus hermosos versos los problemas más altos de la teología moral”; ni Luis Montoto , quien se encargó de realizar el prólogo de la obra, ni la Iglesia católica, se plantearon por un segundo que con el paso del tiempo, el niño poeta sustituiría a Jesucristo por Lenin, y la Biblia por el Manifiesto Comunista”.

Porque, con el paso de los años, él dará la espalda a estos títulos a raíz de abandonar la fe católica, desengaño provocado por el catálogo de atrocidades de la Primera Guerra Mundial y el silencio de la Iglesia ante las desigualdades en el campo andaluz, tal como también ha apuntado su biógrafo Javier Rubiales. A medida que va forjando su ideario político, esa deriva social desemboca en el poemario Inquietudes (1925), acaso el más logrado de todos los suyos. Rafael Cansinos-Assens lo celebra así en la reseña que firma en el periódico La Libertad: “Balbontín ha sabido fundir novela y drama con admirable acierto y recoger la acción y la pasión o el asombro de nuestros días”.

El abogado, político y escritor, cuya vida atesora episodios verdaderamente novelescos como su huida a Francia tras la derrota republicana en la Guerra Civil, también transitó los terrenos del teatro –con escasa fortuna, eso sí, pese a los sonados estrenos en Madrid- y la narrativa. Explorará, por ejemplo, la novela social en El suicidio del príncipe Ariel (1929), pero ninguna tan extraña, por sus aires heterodoxos, como Una pedrada a la Virgen (1932). Inspirada en una entrada del paso de la Macarena, Balbontín recrea la vida de un niño de barrio pobre que arroja una piedra al rostro de la Virgen como venganza por la muerte de su padre a manos de la Guardia Civil.

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