Canto a la irreverencia

Hace poco he empezado a leer una novela policíaca de finales del siglo XIX. Se trata de El misterio de la carretera de Sintra por Eça de Queirós y Ramalho Ortigão, dos escritores portugueses que, movidos por su estrecha amistad, decidieron escribir a dúo en sus años de mocedad esta rocambolesca y romántica intriga de misterio.

En la tercera edición de esta novela, 14 años transcurridos desde la primera, tanto Eça como Ramalho miran con perspectiva este trabajo de juventud y hacen una valoración desde la madurez de la novela, a la que tachan sin escrúpulos de “execrable” y de pecar de principio a fin de contener “un poco de todo aquello cuanto un romancista no le debería poner y casi todo aquello cuanto un crítico le debería quitar”.

Pero ellos mismos deciden correr un tupido velo sobre el análisis crítico de su obra para explicar los motivos por los cuales acceden a que una tercera edición de este joven experimento, que consideran indigno, salga de nuevo a la luz.

En palabras de los dos escritores, pues ambos, una vez más, escriben al unísono y firman conjuntamente el prefacio: “La publicación de este libro, fuera de todos los moldes hasta su tiempo consagrados, puede contener, para una generación que precisa recibirla, una útil lección de independencia”. Acto seguido hacen una análisis de cómo ven a los jóvenes escritores de su momento: “La juventud que nos sucedió, en lugar de ser inventiva, audaz, revolucionaria, destruidora de ídolos, nos parece servil, imitadora, copista e inclinada de más hacia los maestros. Los nuevos escritores no avanzan un pie sin posarlo sobre la huella que dejaran otros. (…) A  nosotros, que partimos, la generación que llega, nos da la sensación de salir vieja de la cuna y entrar en el arte con muletas. (…) A los veinte años es preciso ser libertino, ni tan siquiera para que tal vez el mundo progrese, sino para al menos que el mundo se agite. Para ser ponderado, correcto e inmóvil hay tiempo de sobra en la vejez”.

Acostumbrado a la cantinela monótona de los mayores que critican la ida sin rumbo de la juventud, su falta de valores y su falta de respeto por la tradición, me llena de alegría la contradicción, no falta de ironía, de que hace ciento cuarenta años se criticara a la generación de relevo del momento por todo lo contrario, aunque fuera desde el punto de vista puramente creativo.

Ahora que me acerco a un ecuador de la vida, en que es difícil no simpatizar con ambos periodos de la vida y al mismo tiempo verlos con recelo, no me queda sino pedir a la juventud que haga, y que haga mucho, y admitir que una juventud hacedora siempre lleva la razón; como decía Salvador Dalí en una frase que el tiempo demostrará que no tiene época: “La mayor desgracia de la juventud actual es ya no pertenecer a ella”.

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