Candelaria Negravernis, la mujer a la que le regalaron una Giralda

Si uno vuelve de Barcelona en el AVE y está atento, al atravesar Tarragona puede ver una Giralda. La Giralda de Candelaria Negravernis.

Con el siglo XIX gastando sus últimos años, Candelaria Negravernis, una catalana de Arbós recibió una gran sorpresa: un tío indiano que hizo dinero en América le dejaba una espectacular herencia con la que no contaba.

Candelaria estaba casada con Joan Roquer i Maris en Arbós, un pueblo de Tarragona que ahora tiene 5.000 habitantes y que entonces tendría menos. El matrimonio, que debía ser para conocerlo, decidió celebrar la herencia con un viaje sin vuelta prevista. Recorrieron Andalucía, por supuesto, y pararon en la Sevilla de entonces.

Todavía no había habido guerras mundiales, no se había celebrado ni siquiera la Expo del 29 y Sevilla se había inundado hacía poco por la bravura del Guadalquivir, que se notó más en los arrabales de fuera de las murallas, que por entonces eran Triana, Humeros, La Calzada, Macarena, San Roque, San Bernardo, Resolana, Carretería, el Baratillo y la Cestería.

El río y la ciudad eran muy distintos entonces, pero la Giralda ya coronaba la ciudad y Candelaria se quedó enamorada.

Los viajes, como los gazpachos y las siestas, deben tener fin para querer más, y a Candelaria y Joan les tocó volver. El matrimonio invirtió su dinero en muchos proyectos culturales que convirtieron a su pequeño pueblo en un punto de actividad cultural impropio. Pero Candelaria no estaba satisfecha nunca, asistía a actos y sonreía a todos sin ganas por una razón: echaba de menos la Giralda.

Cuenta Chaves Nogales que los banderilleros de Belmonte, cuando iban a hacer las américas, no movían las agujas de sus relojes para, estuvieran donde estuvieran, llevar el tiempo que marcaba el reloj del ayuntamiento de Sevilla. Así es esta ciudad, una cicatriz al alma, al alma de un banderillero de Triana o al de una mecenas catalana.

Candelaria cayó definitivamente en depresión y su marido no encontraba solución a su pena. De nada sirve tenerlo todo cuando te falta lo que más quieres, así que, a grandes problemas, grandes soluciones.

Joan ordenó construir una réplica de la Giralda a escala 1:2 que se convirtió en la seña de Arbós y se la regaló a Candelaria Negravernis.

La oficina de turismo de Arbós cuenta en aburridos folletos que la versión real es que el matrimonio de herederos quiso celebrar el primer aniversario de su viaje construyendo en su pueblo réplicas de los monumentos que más les gustaron. De hecho, en Arbós, puedes ver además de la Giralda, un Patio de Los Leones como el de la Alhambra o una cúpula bizantina como la del Salón de Embajadores de los Reales Alcázares de Sevilla.

Por su parte, la leyenda que narran los habitantes de Arbós cuenta que la Giralda la mandó construir un burgués catalán que se casó con una sevillana que no dejaba de acordarse de su tierra.

La vida, normalmente, es una mezcla de lo que se cuenta en los libros y en los bares. A mí me gusta explicar la Giralda que se ve desde el AVE cogiendo un poco del folleto de la oficina de turismo de Arbós y un poco de las charlas de los bares.

No creo ir muy desencaminado, sobre todo porque una mujer que se llama Candelaria está predestinada a echar de menos Sevilla, tanto o más que un banderillero de Belmonte.

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