Bronquio. Échale un galgo

Más allá del circuito habitual de salas de conciertos y clubes, existe una escena en Andalucía con jóvenes que se reúnen en las calles a escuchar y bailar canciones de hip hop, trap y reggaetón. Jóvenes que ya no buscan su inspiración en las radios y las revistas, sino que prefieren comunicarse a través de Youtube y las redes sociales; que fabrican una música nueva y rompedora, en la que algunos ven el futuro y otros una tomadura de pelo. Bronquio, el proyecto de Santiago Gonzalo, bebe de esa fuente y de muchas otras (en sus canciones hay también pop, rock, techno y mucho sentido del humor), y con canciones como la reciente “Galgo” está dispuesto a demostrar que en lo suyo hay, sobre todo, visión de futuro.

Santiago Gonzalo nació en Jerez, en 1991, y eso significa que forma parte de la primera generación nativa de internet. Una generación que asume el consumo y la creación de música desde puntos de vista poco convencionales, al menos según la óptica tradicional de la industria discográfica. En contra de la clásica idea de cimentar una carrera mediante la grabación de discos prensados en algún soporte físico, objetos capaces de dejar una huella en el entorno cultural, ellos prefieren la inmediatez de herramientas como Youtube. Prefieren crear píldoras centelleantes, que funcionan como un golpe en la mesa dentro de ese continuo de estímulos audiovisuales en el que se ha transformado internet. Una evolución ideológica que también afecta al contenido de lo que suena: frente a la habitual presencia del pop, el rock, el techno o el house, su dieta incluye generosas raciones de estilos como el trap o el reggaetón, relacionados con la música urbana y la diáspora latina. Algo que, por supuesto, también está íntimamente relacionado con la edad. “Cuando apareció el reggaetón teníamos once o doce años, así que se trata de un estilo que ha crecido a la vez que nosotros”, explica Gonzalo, sentado en una terraza de la Alameda de Hércules. “Lo que hacemos es utilizar esas referencias de la primera adolescencia y darles un enfoque distinto, y eso ha llevado a mucha gente hacia el rap y el trap, que es la tendencia que manda ahora mismo, el carro al que todo el mundo se quiere subir”.

¿Cuál fue tu primer contacto con la música?

Mi madre tenía un piano en casa y se esforzó en darme una educación musical, porque siempre había estado rodeada de gente con esa sensibilidad. Así que estudié  lenguaje y teoría musical, también piano, pero la verdad es que me interesaba mucho más lo que hacían mis amigos, jugar al fútbol o salir a la calle. En la adolescencia, cuando de repente estar en una banda de rock era lo que más molaba en el mundo, me di cuenta de que toda esa educación era importante y que me daba una cierta ventaja sobre los compañeros que tenía alrededor.

O sea, que tus primeros pasos se produjeron lejos de la música electrónica.

Empecé tocando la guitarra en bandas de rock. La más conocida fue Gipsy Aliens, que a nivel de sonido hacía un garaje bastante clásico. Sin embargo, la música electrónica siempre había formado parte de mi vida por influencia de mi hermano, así que fui introduciendo poco a poco elementos dentro de la banda, sobre todo cercanos al synth pop, hasta que llegó el momento en el que abandoné las guitarras para quedarme sólo con la parte electrónica.

¿Cuándo sucedió esto?

Gipsy Aliens fue la primera banda seria y con cierto recorrido en la que estuve. Empezamos con diecisiete años y estuvimos otros cinco juntos. Incluso nos fuimos a vivir a Barcelona, con idea de grabar un disco. Pero al convivir entramos en planos nuevos de conocimiento y comunicación que no funcionaban tan bien como el musical. Además, yo sentía la necesidad de tirar hacia la electrónica, porque me brindaba la posibilidad de trabajar en solitario, cuando quisiera y sin depender de nadie.

¿Te influyó la ciudad Barcelona a la hora de dar ese salto?

Mucho. En aquella época pasé por una fiebre del vinilo; quería sentir como propias las cosas que escuchaba. Y había tiendas, como Discos Paradiso, que me ayudaron a ensanchar la mente. Además, como existe mucha oferta de festivales, sesiones y conciertos, comencé a salir y a intentar reproducir lo que veía. Con Gipsy Aliens ya había intentado hacer algo potente, evolucionado, más orientado hacia el lado izquierdo del cerebro, pero descubrí que resultaba mucho más sencillo conseguir lo que buscaba con la música electrónica. Al final, el rock tiene una conexión más física con el oyente.

Imagino que aparte de esa formación, que es bastante experimental, irías también a clubes de baile.

Iba mucho a la sala Moog y también a Razzmatazz, un lugar donde cambió mi percepción sobre la diversión nocturna: estar en un lugar en el que hay un montón de DJs buenos pinchando y entrar en trance con un montón de gente a tu alrededor es algo mágico. Quería formar parte de esa escena, y aunque todavía no dominaba las herramientas que necesitaba para producir música electrónica, tenía claro que ese era el camino a seguir.

¿A qué clase de herramientas te refieres?

Todavía no me había dado cuenta, pero mis limitaciones tenían que ver con las herramientas propias del rock: la guitarra, el bajo, la batería. Son instrumentos poderosos, pero no ofrecen la libertad que da un software como el Ableton Live, con el que puedes hacer prácticamente todo lo que imagines, llegar a sensaciones, sonidos y ritmos que con una banda son imposibles de conseguir.

¿Y en qué momento se produjo esa epifanía?

Sucedió de una manera progresiva, pero el acontecimiento definitivo fue el Sonar de 2014. Conciertos como los de Jon Hopkins o Modeselektor me descubrieron un nuevo concepto de espectáculo poli-sensorial.

¿Te refieres al hecho de añadir componentes visuales al espectáculo o solo a la potencia de sonido?

Fue una combinación de las dos cosas. La música siempre será protagonista, pero si dispones de otra pieza que la acentúa y la retroalimenta, el espectáculo se convierte en algo más completo y más potente.

En 2014 vuelves a Andalucía. ¿No es un paso a la inversa, teniendo en cuenta que la mayoría de la gente que quiere dedicarse a la música electrónica hace exactamente lo opuesto, irse de aquí?

Sabía que Barcelona era el sitio donde estar, y de hecho estuve alargando mi estancia allí. Pero al final pesaron mucho más los factores terrenales: el trabajo, las amistades, mi propio estado de ánimo. Barcelona es una ciudad muy bestia, y al final terminé por detestarla, así que parecía lógico dar un paso atrás y empezar de cero en el sur; siempre habrá tiempo de regresar, si es necesario. En Sevilla tengo mucha más capacidad de concentración porque el contexto es más tranquilo, no tengo que volverme loco para buscar trabajo y pagar un alquiler inhumano.

Imagino que, después de volver al sur, te darías cuenta de que aquí también sucedían cosas.

Cuando empecé a descubrir las cosas que se hacían en Andalucía, y sobre todo en Sevilla (este lugar al que los periodistas llamáis “la periferia”), me pareció que el discurso local era mucho más coherente, auténtico y potente que otras cosas más reconocidas. Por ejemplo, lo que hacen Los Voluble, un auténtico referente para mí, y algo que sería muy difícil de encontrar en otro lugar, tanto por la raíz flamenca como por las colaboraciones que manejan.

También me refería a la generación más joven, a la escena surgida alrededor del trap o del reggaetón.

Pero en el trap la música sirve de apoyo para la voz, que es de verdad protagonista.

Me refiero a que un proyecto como Los Voluble está articulado alrededor de la sampledelia que se hacía en los noventa. Pero tu música tiene un punto de modernidad diferente, relacionado con las maneras de construir los ritmos y con el entendimiento de la música urbana. Está más cerca de esta escena efervescente, compuesta por gente de veintitantos años, que han salido de la nada y no tienen padrinos.

Es cierto que mis referentes son diferentes y que pesco de otros lados. Como te decía antes, el reggaetón es algo que tenemos dentro, y que ahora se está trasldando hacia el trap, que es la nueva tendencia.

¿Tiene más que ver entonces con un tema de modas que con una sensibilidad generacional?

Esa es una duda que me planteo y que me afecta. De una manera consciente intento desmarcarme de esta marea de propuestas que son tan parecidas entre sí, sobre todo en lo que se refiere al trap, que parece que se ha comido todolo demás. Intento que mi discurso sea auténtico y diferenciado, pero al final tengo que reconocer que también quiero estar ahí y formar parte de esa escena. No te voy a mentir: quiero jugar en esa liga, y para eso utilizo los elementos que me interesan, sonidos, ritmos y actitudes que me permiten acortar el camino y facilitar la carrera musical.

Creo que la clave está en observar las tendencias y asumirlas en un cierto porcentaje, así que yo tomo cosas del reggaetón y el trap, en parte porque le veo su interés musical, y en parte porque utiliza mucho el sentido del humor, que para mí es algo fundamental y constante en todas las cosas que hago.

También te lo decía porque, escuchando la música de artistas andaluces como Space Surimi, Beauty Brain o Ms Nina, todos comparten un deje que tiene que ver con la cultura propia del sur, con el flamenco y todo lo que conlleva. El reggaetón, después de todo, está mucho más cerca del flamenco que del techno.

Ahí también influyen el contexto en el que se escucha esta música y la actitud general del público. En Andalucía, los espacios en los que se escucha la música son distintos, e influyen de manera decisiva. Por ejemplo, la cultura de club no está tan extendida y hay pocos lugares en los que se pueda escuchar. El cuatro por cuatro está pensado para que el cerebro entre en un estado de trance, de presente continuo, y para eso se necesita un espacio acorde: oscuro, en el que la gente se pueda despersonalizar. En Andalucía los espacios son más humanos, más carnales, muchas veces al aire libre, y eso produce otro tipo de baile al que le pegan más los ritmos en triadas del reggaetón o de la salsa. Y hay que tener en cuenta que estas músicas empiezan a tener presencia cuando trascienden la esfera íntima y se escuchan en colectividad.

En ese sentido, ayuda mucho que no se utilice el formato tradicional del disco, sino canales alternativos como Youtube. ¿Ha dejado de tener sentido el concepto de álbum, sobre todo entre las nuevas generaciones?

Nadie se para a escuchar discos, esto es una realidad. Hay tal cantidad de propuestas nuevas que no existen ni el tiempo ni la paciencia para poder asumirlas todas. Estamos en una búsqueda continua de estímulos, y en esa locura es imposible prestar atención a todo un álbum. La música se ha convertido en algo circunstancial: es posible que escuches a Pink Floyd en casa, pero a MS Nina la escuchas en la calle o en una reunión con amigos. De hecho, la música ya no se escucha, sino que se ve en el móvil, la gente busca una sola canción, la exprime y se olvida pronto de ella. Ante esa realidad, la mejor opción es convertirte en una marca que tenga presencia de manera continua, para que no se olviden de ti. Así que, en vez de publicar un disco es mucho mejor coger las canciones que compondrían ese disco y distribuirlas a lo largo de un año. Como todo es tan efímero, es la mejor manera de no quedar diluido en la vorágine de la actualidad.

Como has dicho, también ha cambiado la manera de escuchar música: se escucha con el móvil, con una tableta. No sé si eso te afecta a la hora de producir canciones.

Por supuesto. Mis canciones duran entre dos y tres minutos y medio, pero las primeras versiones son mucho más largas, se van a los siete u ocho minutos. Yo provengo del techno, y todas las cosas que hacía antes de Bronquio iban en esa línea, pero he tenido que adaptarme a esta nueva idiosincrasia. El público quiere algo y lo quiere ya, necesita que el clímax llegue muy pronto. Se ha perdido la cultura del trance, esa idea de descubrir a dónde te puede llevar una canción. En el techno, una canción es una película sonora que te transporta, hay una sensación de deriva que tiene que ver con las progresiones y los tiempos. Pero ahora ya no hay paciencia para enfrentarse a algo de ese calado: se busca una propuesta musical clara y con un extra visual, y como los dispositivos que se utilizan son los móviles, esa propuesta tiene que venir presentada en una píldora pequeña. Es así es como se divulgan todas las propuestas nuevas: pensando en el colega que está sentado en un bar, y que ve un vídeo que otro le muestra, aunque a lo mejor ni siquiera le interesa. Así que es necesario ser muy directo y llamar la atención con rapidez.

Las maneras de mezclar y masterizar también se han modificado para adaptarse a estos tiempos nuevos. Si antes se hacía pensando en un equipo de sonido perfecto, ahora se da protagonismo al rango de frecuencias que pueden reproducir el móvil o la tableta, que es mucho más reducido. Está cambiando la física del sonido en general.

La famosa guerra del volumen tiene que ver con lo que cuentas, pero también influye que mucha gente se haya acostumbrado a plataformas como Spotify, donde la música es isótropa: es decir, donde se elimina toda información adicional y solo quedan el nombre del artista y de la canción. No sé si la emergencia de Youtube, un programa que permite añadir contenido visual, tiene que ver con esto.

Youtube te da la personificación de lo que estás escuchando, algo que tiene muchas virtudes, pero también es peligroso, porque al final el “rollo” que demuestra tal grupo o aquel trapero justifican cualquier tipo de propuesta musical en cuanto al sonido. Youtube expone mucho más la imagen, que es lo que quiere el público: un estilo, un escaparate, un avatar de la propia música, antes que una música que sea buena por sí misma.

Este uso de Youtube se veía al principio como una herramienta para establecer una comunicación directa entre artista y público, una manera de saltarse todos los filtros de censura y de eludir a los medios de comunicación tradicionales. De saltarse el status quo. Pero rápidamente se ha convertido en una versión local del concepto de video anglosajón, pensado para promocionar al artista, una herramienta de mercadotecnia.

Esa desvinculación entre artistas y compañías de discos sucede en todos los géneros. Y no tengo claro de que sea siempre un discurso sincero, porque todos los artistas del trap que han despuntado han terminado entrando en ese circuito tradicional. Han grabado sus discos, aunque algunos se hayan ido después de ver con sus propios ojos cómo funciona la maquinaria.

Es una crítica habitual, la que afirma que el trap y el reggaetón consisten en imagen sin discurso musical detrás.

A mí no me lo parece. Per tampoco creo que sea necesario que exista un discurso detrás de una propuesta musical. Un discurso añade valores, es cierto, pero hay mucha gente que ve la música como un consumible que hay que disfrutar aquí y ahora. Con Bronquio podría elaborar un discurso, pero está tan relacionado con el absurdo y el sentido del humor que sería como intentar construir un castillo de naipes. Mi propuesta es un chiste bien hecho.

La última canción que has publicado, “Galgo”, incluye una colaboración vocal con Pablo Peña, de Pony Bravo y Fiera. ¿Es algo puntual, o estás empezando a trabajar en un sentido clásico de productor?

La próxima canción que saldrá, “Niño”, será instrumental, pero hay más colaboraciones grabadas con diferentes cantantes. Con Pablo sólo he hecho esa, no sé si en el futuro haremos más.

¿Y cómo piensas llevar eso al directo?

Pues llevo las voces grabadas y juego con ellas, y no pasa nada.

Antes hemos hablado de esa filosofía de sacar canciones y huir del formato físico, pero has fichado por Happy Place, que es un sello muy tradicional, con artistas como Pájaro o All La Glory. ¿Cómo se concilia esa contradicción?

Fiché por Happy Place sobre todo por una cuestión de cercanía. Mi manager trabaja mucho con ellos y me convenció de la importancia de tener el respaldo de un sello a la hora de editar. Si me presento como Bronquio a los medios de comunicación, muchos no me harán caso, pero si llego de la mano de Happy Place todo es mucho más sencillo, existe una confianza preestablecida.

Pero en un sello tradicional, como Happy Place, su objetivo final es la producción de un objeto físico, algo que de momento no te planteas.

Al principio íbamos a publicar un EP, pero ellos mismos me convencieron de cambiar de estrategia y lanzar singles. Tienen su historia recorrida con un formato diferente al mío, pero no están tan alejados de mi realidad como puede parecer desde fuera.

Otra presencia importante en tu carrera es la de Monkey Week. ¿Cómo ha repercutido esa relación?

Les debo la vida. Ya apadrinaron a Gipsy Aliens, pero mucho de lo que ha sucedido con Bronquio se debe al festival, y en particular a la sensibilidad freak de uno de los directores, Jesús Guisado, que recorre Youtube todos los días y me encontró allí. En Monkey Weekend hice mi primer directo, y a partir de ahí han empezado a salir muchas cosas.

¿Tocas mucho en directo?

Ahora voy a Galicia, a La Melona, un festival en el que están metidos Esteban y Manuel. Ves el cartel y no conoces a nadie, pero empiezas a investigar y está lleno de artistas apasionantes. Luego iré al País Vasco, al Primavera Trompetera, a Madrid… muchos conciertos me salen gracias a la colaboración con Pablo y al vídeo que hemos grabado. Como te decía, importa mucho más lo que percibimos a través de los ojos que con los oídos.

La Melona pertenece a un circuito paralelo al de los grandes festivales. Mucha gente de tu edad está evitando el circuito tradicional de los grandes festivales en favor de otros de este tipo. Me da la impresión de que ya no les interesa, que están un poco hartos, tanto del modelo típico de festival como de escuchar a artistas que posiblemente están demasiado alejadas de su generación.

Claro: vas al Primavera Sound y están Shellac tocando por enésima vez. Ese hartazgo es real, porque las nuevas propuestas o no caben allí o se tratan casi con desprecio. Además, los jóvenes no se siente identificados con las viejas glorias: a mí me encanta New Order, pero no tengo interés por verlos en directo. Prefiero descubrir cosas nuevas que pueda hacer mías, que crezcan a la vez que yo.

Por otro lado, los festivales grandes son una lata. La mayoría no los puedes disfrutar con comodidad. El Sónar sí, porque está muy bien pensado, pero los demás son un escaparate absurdo de bandas, en el que puedes ver a muy pocas y en el que todo es engorroso. Hay quien va por obligación, quien siente la necesidad de poder decir que ha visto a tal o cual banda por una cuestión de pose. Pero la verdad es que, si acudes a esos festivales, te pierdes otros más interesantes, como Monkey Week o La Melona.

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