Blockchain

¿Os imagináis que Facebook os pagara por el contenido que compartís?, ¿que todas las fotos que subís a cualquier red social siguieran siendo vuestras y no tuvierais que ceder derechos?, ¿que pudiéramos enviar dinero instantáneamente sin necesidad de bancos o intermediarios? Pues todas estas cuestiones, y muchas más, son las que resuelve el blockchain, la tecnología más revolucionaria desde que surgió internet. Pero, ¿qué es el blockchain?

Para los que nunca hayáis oído hablar antes de esta cadena de bloques, os aseguro que a partir de ahora no podréis huir de ella, está y estará en todas partes, es la palabra de moda en los medios de comunicación, congresos tecnológicos e incluso en los planes de gobierno de muchos países… Pero empecemos por lo básico, qué es. Se trata de un “registro de activos y transacciones”, cuyo objetivo es incrementar la transparencia y seguridad. Una definición técnica ampliamente aceptada es, que se trata de una base de datos distribuida, es decir, que no depende de ninguna autoridad central; formada por una tecnología tal (cadenas de bloques), que evita su modificación una vez que un dato ha sido publicado, usando un encriptamiento inmutable y seguro. Es una tecnología pensada especialmente para almacenar de forma creciente datos ordenados en el tiempo y sin posibilidad de modificación.

Vale. Ahora en cristiano. 

El blockchain es una tecnología compleja, con enorme potencial y que resuelve problemas que aún la mayoría de la sociedad no es consciente que tiene. Podemos poner como analogía el nacimiento de internet. En sus inicios no sólo no se sabía cómo funcionaba de manera interna la red, sino que era imposible conocer entonces las enormes posibilidades que ahora disfrutamos. En la actualidad no necesitamos saber cómo funciona internet para poder hacer uso de él; de la misma manera no será necesario en un futuro conocer todos los entresijos técnicos del blockchain para poder disfrutar de todo lo que ofrece. En cuanto al principal problema que soluciona, es el de otorgar el control al usuario. Actualmente no es que haya una ausencia de control de nuestros datos, contenidos o transacciones, el problema es que es necesaria la intermediación, la intervención de una autoridad central que gestiona, da seguridad y certifica la validez y autenticidad. En Facebook si subimos una foto, ésta ya les pertenece; a la hora de hacer una transacción, tiene que realizarse a través de un banco o aplicación fintech y, si queremos firmar un contrato, necesitamos un notario o abogado… Con el blockchain se asegura que el control de los datos, transacciones y contenidos es del usuario, que no hay necesidad de una autoridad central que garantice la confianza y la seguridad, puesto que la tecnología distribuida que se ofrece es tan segura e inmutable, que todo queda registrado en una línea temporal inmodificable. Digamos que estamos ante un nuevo movimiento, una revolución que gracias a las innovaciones tecnológicas, busca la descentralización a partir de la confianza depositada en redes distribuidas y no en autoridades centrales.

Dicho esto, no vamos a entrar en tecnicismos, primero porque no soy experta y por tanto no me corresponde, y segundo, porque ya hay muchísima información sobre estos aspectos del blockchain que se pueden encontrar fácilmente tanto en la red como fuera de ella, incluso hay MOOCs (cursos online, masivos y gratuitos) ofrecidos nada menos que por el MIT (Instituto Tecnológico de Massachuset), para profundizar en todo lo relacionado con esta tecnología.

Pero sí hay tres ideas claves que debemos conocer y recordar en relación al blockchain: 1) Es una red distribuida, 2) Es segura y 3) Está en proceso incipiente y de desarrollo.

Aplicaciones más allá del bitcoin 

El blockchain es más conocido por su relación con el bitcoin, ya que es la plataforma que hace viable esta y otras criptomonedas, pero sus posibilidades y usos son ilimitados. Más allá de las monedas digitales, esta red distribuida se está aplicando a sectores tan diversos como el arte, la comunicación, la salud, la energía o la movilidad, y su desarrollo es tan apasionante y prometedor, que merece la pena profundizar más en este ámbito.

Al igual que Apple y Android permiten a los desarrolladores crear apps para sus sistemas operativos, surgen plataformas en el blockchain con este mismo objetivo, las más conocidas y relevantes son Ethereum e Hyperledger.

Ethereum es una de las más interesantes, se trata de una plataforma de código abierto y pública, cuyo creador, el joven ruso Vitalik Buterin, me tiene fascinada. Y no, no es que de repente me interesen los perfiles nerds con sudaderas de unicornios, es que este chico es un genio visionario del que además no se desprende ni un ápice de maldad: es un alma pura y cándida que se pasea por los congresos tecnológicos dejando a todos con la boca abierta, prueba de ello es la entrevista que le hizo Naval Ravikant en el último TechCrunch Disrupt de San Francisco, donde habla sobre las criptomonedas, el blockchain y el futuro de la descentralización con una tranquilidad y sencillez apabullantes.

Por su parte, Hyperledger, creada por la Fundación Linux en 2015, está inmersa actualmente en la investigación y desarrollo de la tecnología Interledger, lo que han llamado Hyperledger Quilt. Una innovación que permitirá crear transacciones entre blockchains, ya que debido a la ingente cantidad de aplicaciones y criptomonedas que se están creando, es necesario crear un protocolo de transacciones que permita interconectar estos silos aislados.

Hay infinidad de startups, más allá de las financieras, que están surgiendo en el ecosistema blockchain, os recomiendo que tengáis el móvil a mano para ahondar un poco más en cada una de ellas.

Redes sociales y creación de contenido.

Akasha, Steem.io, o Synereo. En estas redes sociales todos los que contribuyen están sujetos a recibir una recompensa por su aportación, ya sea ésta la creación de contenido relevante, la mejora de la plataforma en sí o dar difusión y publicidad a la misma.

Validación de identidad.

Civic ofrece la posibilidad de crear una identidad digital única y válida para todo tipo de autenticaciones, desde el registro en redes sociales hasta la entrada a un país, y donde el control de qué es lo que comparte en cada ocasión, es únicamente del usuario.

Arte.

Las aplicaciones relacionadas con el arte o la autoría artística sin duda plantean un escenario sin precedentes, donde toda creación compartida de manera digital estaría identificada con una huella única que permite hacer un seguimiento, rastrear y comprobar todos los movimientos y, por supuesto, la autoría, evitando el fraude, robo o utilización ilícita de las mismas. Algunos ejemplos interesantes son ascribe.io, Truepic o The Decentralized Library of Alexandria.

Repensar la democracia.

D-CENT project, Democracy Earth y Follow my Vote.

Salud.

Medrec del MIT es una de las más prometedoras.

Energía.

Transactive Grid o CarbonX. La primera, desarrolló un proyecto piloto muy interesante en Brooklyn, en el que a través de una red conectada de placas solares en un vecindario, y gracias a la tecnología del blockchain, se distribuía la energía de manera autónoma en función de la generación de la misma y su uso, es decir, si una casa producía más energía  utilizaba o necesitaba, esta energía automáticamente se repartía en el resto de las casas de la comunidad, sin necesidad de una autoridad central o compañía eléctrica que lo gestionara.

Movilidad.

El nuevo Uber puede que tenga base en blockchain, algunas startups como Commuterz están presentando ideas innovadoras al respecto.

Igualdad financiera.

Wala, que permite a las personas de países emergentes realizar actividades financieras básicas sin necesidad de abrir cuentas bancarias.

Market places y venta de tickets.

OpenBazaar o Aventus. Incluso para budistas se ha creado Lotos Network, para descentralizar la religión, un ecosistema de meditación budista y secular completo en blockchain… Y la lista sigue y sigue.

La respuesta de los gobiernos y las empresas tradicionales. 

Pero ante esta oleada de innovación y nuevas propuestas descentralizadas, ¿cómo están respondiendo la mayoría de autoridades centrales tradicionales, o lo que es lo mismo, bancos, gobiernos, compañías eléctricas y de telecomunicaciones? En una frase podríamos resumirlo como: “Sí al blockchain, no al bitcoin”.

Se trata de un tema complejo y que sin duda está haciendo correr ríos de tinta, ya que admiran y aprecian los beneficios del blockchain, pero no están dispuestos a perder el control y gobierno económico, por lo que una criptomoneda como el bitcoin les supone más una amenaza que una oportunidad. Uno de los representantes más radicales de esta postura es Jamie Dimon, CEO de JPMorgan Chase (el mayor banco Estadounidense), y, como es de esperar, no va a apoyar monedas alternativas al dólar, ya que su negocio se basa en esta moneda y, si la gente deja de utilizar dólares, entonces deja de utilizar su compañía… Lógico. Pero su pataleta es tan evidente que llega a ser cómica.

De entre los países más abiertos en pro del blockchain y el bitcoin se encuentra Estonia, considerada como la nación digital más avanzada. En el otro extremo, países como Rusia o China, que aunque están creando sus propias monedas digitales (Rusia anunció recientemente su criptoRublo), prohíben la inversión en otras criptomonedas o ICOs (Inicial Coin Offerings), y que, por supuesto, no se plantean ni por un segundo dar rienda suelta o facilitar la innovación en blockchain en sus países.

Otros países como Dubai están adoptado intensivos programa de innovación en Blockchain e IoT (Internet of Things) a nivel de infraestructura estatal en los últimos años, con múltiples alianzas internacionales destinadas a hacer realidad la fecha límite para su proyecto Blockchain 2020. En nuestra querida España se acaba de anunciar la creación de Alastria, o como ellos mismos se autodefinen, la primera red nacional regulada basada en el blockchain del mundo. Entre los socios de este organismo sin ánimo de lucro se encuentran las principales empresas del IBEX 35: Telefónica, Santander, Bankia, CaixaBank, BBVA, Sabadell, Repsol, Cepsa, Indra, Barceló Viajes (Ávoris), entre muchas otras.

Muchos opinan que lo que se deja entrever de este creciente interés de las grandes empresas y gobiernos por subirse al carro del blockchain con la creación de incubadoras de startups, ingentes inversiones o asociaciones, es más un intento de hacer ruido, de que su mensaje llegue a la mayoría de la población antes que el mensaje de estos hippies tecnológicos e intentar disfrazar su grito desesperado con una sonrisa forzada de colaboracionismo e innovación, que no es más que el último aliento de un sistema que está condenado a transformarse o morir. Pero por otro lado, no hay que olvidar que una de las bases de nuestra capacidad crítica como seres humanos es la de no dejarnos llevar por reduccionismos simplistas ni separaciones de buenos y malos. Y aunque es tentador, y muchas veces cierto, el mensaje de la lucha del pueblo contra el que manda, David contra Goliat o el poder de lo colectivo y distribuido frente a lo centralizado y unidireccional, debemos recordar que la sociedad es diversa, que las corporaciones y organismos son diversos, y que hay individuos bien intencionados, inteligentes y honestos en todos los estratos, por lo que no está de más otorgar un voto de confianza. Y sobre todo ayudar a co-crear este nuevo futuro distribuido, formando parte activa de él.

Aún queda mucho por hacer, por investigar, por errar. Hace falta regulaciones, hace falta ensayo y error y, sobre todo, hace falta que esta información, que estos avances lleguen al mainstream, al pueblo, para que no nos quedemos con la información que nos lanzan desde una única dirección, sino que seamos capaces de crearnos nuestra propia opinión gracias al conocimiento y la búsqueda constante de fuentes de información innovadoras y fiables. Nada debe darse por sentado. Si nosotros, como sociedad, realmente valoramos el concepto de una verdadera economía compartida, donde los individuos que hacen el trabajo son recompensados ​​por sus esfuerzos, nos corresponde a todos involucrarnos y experimentar con esta tecnología emergente y explorar las nuevas oportunidades que brinda.

Y recordad, si no habíais oído antes hablar del blockchain, abrid bien vuestros sentidos porque es una realidad más que instaurada que además promete transformar de manera disruptiva mucho de lo que hoy damos por sentado.

Lourdes Rodríguez
Lourdes Rodríguez

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Coolhunter

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