‘Biohackers’: la naturaleza es política

El tsunami es política. La enfermedad hereditaria es política. El cambio climático es política. Tu cuerpo es política. En suma, la biología es política. Porque estamos ante una nueva etapa de las relaciones entre el orden natural y las capacidades tecnológicas. Sí, ya es posible afectar las cualidades genéticas de los individuos y ser –literalmente- otra persona. No pienso en un Robocop o un superhéroe de la Marvel, sino en la experimentación con tratamientos, inyecciones y artilugios que amplían las capacidades humanas. El popular Yuval Noah Harari considera que la experiencia individual del mañana será muy diferente desde el momento en que la inteligencia artificial se ocupe de nuestras necesidades básicas y las tecnologías hayan eliminado el dolor. La muerte será fortuita, pero no consecuencia de la degradación del cuerpo como continente natural. Cuando se fusionan las tecnologías digitales con la genética, podemos encontrar nuevos tratamientos, pero también abre la puerta a nuevos riesgos individuales y colectivos. A mí, que reconozco que no me persuade Harari, me parece un excelente provocador de ideas, metáforas y parábolas.

Para la idea de biohackers, prefiero recuperar las ideas del filósofo español Javier Echeverría quien ya hablaba del “tercer entorno” como el espacio en el que se construyen las relaciones sociales de naturaleza digital, como sucesión al primer ambiente, la naturaleza, y el segundo, la ciudad. En este nuevo entorno, las relaciones son artificiales porque se basan en la inmaterialidad de las redes, Internet y los dispositivos. Creo que ya vivimos ahí y vamos a más. La democratización de la ciencia, el abaratamiento de los costes y la expansión de las herramientas médicas ha provocado la aparición de “bio-ciudadanos” en acertada expresión de Eleonore Pauwels. Son aquellas personas que experimentan con la biología con el ánimo de modificar los genes o utilizar la inteligencia artificial “en casa”. Prueban y ensayan procedimientos clínicos fuera del circuito de salud pública. Tal es la transformación que Pauwels habla de una “segunda revolución genómica”, porque con un terminal del tamaño de un caramelo podemos llevar toda nuestra información biológica y compartirla a través del móvil al llegar al aeropuerto, al restaurante o al centro de salud. Es un proceso convergente y que dará lugar a un Internet de las cosas vivientes, que permite conectar la información biológica con noticias del entorno y plataformas móviles.

Esta nueva dimensión de ciencia ciudadana me genera sentimientos encontrados. Suena maravilloso que un pequeño chip, en forma de insecto digital, corra por mis venas midiendo y evaluando mi estado de salud. No habrá alergias en el Parque de María Luisa ni resfriados inoportunos. Pero sucede que el mundo feliz suele acabar en farsa, en distopía, en tragedia. Se me ocurren rápidamente dos. La primera es la misión de las políticas públicas de salud y su relación con las personas que pueden pagarse una edición genética sin supervisión médica. ¿Habrá un corte entre quienes pueden experimentar en casa y quienes no? ¿Serán las terapias genéticas cosas de ricos o serán un derecho social? ¿Qué tipo de consecuencias puede tener para la salud global que una persona se inyecte el virus del SIDA o unos herpes como el afamado biohacker Aaron Traywick? Para complicar más el asunto, queda por resolver cómo se diseñan políticas de salud para quienes se automedican fuera del sistema, toman sus propias decisiones o deciden cómo cuidarse. ¡Qué buen choque de trenes entre el paternalismo del empujoncito (nudge) y la libertad individual!

Mi segunda duda tiene que ver con la transparencia, la trazabilidad y la integridad de la información. Olvidamos que es un camino de ida y vuelta: sí, queremos que las instituciones sean abiertas, pero ¿queremos serlo nosotros mismos? ¿Vamos a permitir que los bichitos médicos nos supervisen cada día y faciliten nuestros datos a las empresas de biotecnología? Cuando estos nuevos desarrollos tengan interés comercial, habrá que ver cómo cruzamos el interés individual, el manejo de las grandes plataformas, el desempeño de la industria de seguros y otros tantos interesados. Después del escándalo de Cambridge Analytica, espero que entendamos ya de una vez que nuestros datos privados son mercancía codiciada. No me asusta la comercialización de nuestra vida privada, sino los contrapesos para aquellos que decidan no hacerlo o para que el trato sea justo y acabemos en una suerte de parque temático a lo WestWorld.

No tengo ni idea de cuál será el camino, pero tengo claro que vamos a ver más y cambios en el tercer entorno. ¡Qué historias nos quedan por descubrir!

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>