Bienales y dejà vu

Cada dos años, como en aquella famosa película protagonizada por Bill Murray, Sevilla revive el día de la marmota con la llegada de la Bienal. Indefectiblemente, el festival repite su ciclo, recayendo en errores que han ido desprestigiando una muestra demasiado apegada a los intereses políticos y carente de una personalidad propia y diferenciada que la haga digna de ostentar la corona que, tan alegremente, le imponen sus responsables. La Bienal no es el Festival de Flamenco más importante del mundo, lo dicen quienes mejor conocen el terreno: los artistas, que cada año acuden al funeral de su propio espectáculo, porque en la muestra sevillana todo lo que nace muere. Y lo que no muere se reproduce, como el día de la marmota… Ay, ay, ay, ay…

Cuentacuentos de la Bienal

Había una vez un político de izquierdas al que las cuentas no le salían. Su nombramiento como director de la Bienal de Sevilla supuso el principio del fin del certamen, tal y como lo concibieron sus fundadores. Desde entonces, ya nadie sabe cuál es la diferencia entre las cuentas y los cuentos de la Bienal. Manuel Copete protagonizó el primer desfase económico de la muestra, y el cuentista fue el entonces delegado de Cultura, Juan Carlos Marset, que aseguró que el déficit de 700.000 euros que arrojaba el balance final se había producido por un “exceso de optimismo” del director. La segunda parte del cuento llegó dos años después, cuando el Partido Andalucista denunció la existencia de una deuda de 447.000 euros en facturas correspondientes a la Bienal de 2004. La suma alcanzaba un montante total de 1.147.000 euros. En resumen: Copete había gastado el doble de lo presupuestado en la organización de una de las peores bienales que se recuerdan, también en lo artístico. Marset justificó el asunto alegando que las facturas no estuvieron en manos del ayuntamiento hasta mucho después de la presentación del balance, y colorín colorado, con Copete habíamos topado…

La marmota

Una más: Rosalía Gómez capitaneó en 2012 la llamada “Bienal de la crisis”, y pese a su reiterado discurso de austeridad, el certamen se saldó con 507.291,1 euros en negativo. En honor a la verdad hay que decir que la dirección económica no fue responsabilidad suya, pero sí la elaboración de un programa que debía dedicarse especialmente al baile, y cuyo protagonista fue la danza. Sí, sí, la danza contemporánea, estética en la que invirtió los pocos euros que la muestra destinaba a la coproducción. Dos años después, Juan Ignacio Zoido volvía a fantasear con las cuentas al asegurar que la Bienal de 2014 había resultado “lo comido por lo servido”.  ¿Quién le redactaría el informe de cuentas? La diferencia resultante entre los gastos y los ingresos fue de 635.713 euros. Claro que estas no dejan de ser cifras estimativas porque, rigurosamente hablando, los presupuestos exactos de las bienales no los conoce nadie.

Cero en conducta contable

Por más que el ciudadano revise los números oficiales, las cifras no cuadran: la programación se nutre en cada edición de un buen número de producciones que corren a cargo de entidades públicas y privadas, cuya contribución, ya sea en metálico o en especie, no se contempla, sospechosamente, en los balances finales. Es lógico suponer, llegados a este punto, que si el presupuesto oficial de la Bienal de 2014 era de 1,5 millones de euros, las contribuciones de la Junta de Andalucía, la Diputación de Sevilla y las Fundaciones ENDESA y Cruzcampo, entre otras, elevarían la cifra hasta rebasar los 2 millones, dejando además el beneficio íntegro de la recaudación por taquilla en las arcas de la Bienal. Por tanto, los pregonados éxitos económicos no lo son. Tampoco los artísticos.

Estrenos manoseados y artistas abonados

Siguiendo con las cifras, si el 30% de los artistas anunciados en esta edición ya estuvieron en la pasada y en 2014 el cálculo se elevaba hasta el 50% con respecto a 2012, ¿es insensato pensar que hay abonos que trascienden el patio de butacas? Lo mínimo que se puede exigir a un director artístico es creatividad para programar, pero el que puso el PP (y ahora mantiene el PSOE), Cristóbal Ortega, ni es artista ni lo parece; es un gestor con la suerte de tener amigos bien relacionados. A Ortega le apunta la programación un consejo asesor en el que, por cierto, se sientan profesionales de la comunicación que luego ejercen de críticos de los espectáculos que ellos mismos proponen. Que se cae el espectáculo inaugural, no pasa nada, siempre queda una Estrella por ahí para alumbrar la oscuridad del túnel en el que habita la dirección artística del evento marmotero. En esta edición, un espectáculo ya estrenado ha vestido de largo la inauguración, aunque la palabra “estreno” en la Bienal adquiere un significado propio, porque marmotáticamente se presentan como novedades propuestas que vienen de desgastar las tablas de otros escenarios.

Los muertos de la Bienal

¡Ay, ay, ay, que en los homenajes póstumos no están todos los que son! Que para que la Bienal te recuerde tienes que haber dado muchos titulares en la prensa internacional. Y aunque es mejor el olvido que un panegírico de cuerda en la Plaza de San Francisco, se echa de menos un guiño a los que nos han dejado en los últimos años: Manuel Molina, El Torta, El Eléctrico, Agujetas, Carlos Heredia, Martín Revuelo, Juana la del Revuelo (Menese y Lebrijano, ya veremos….) y otros artistas humildes como El Pichichi, cuya modestia ha legado al flamenco un fandango de creación propia. Pero esto no lo saben en la Bienal, porque… ¿sabe el director de lo que se supone que tiene que saber?

Bienal de ¿flamenco?

Como se empeñan en ponerle apellidos a un festival inclusero, el público ya no sabe si es el flamenco el que ha cambiado o es su apreciación artística la que ha sufrido una regresión. Porque, claro, llamar “innovación flamenca” a una danza contemporánea aliñada con unos cuantos zapateados, como poco, despista. Y eso es lo que sobra en los teatros sevillanos llegado el mes de septiembre. Menos mal que periodistas de todo el globo se agolpan a las puertas de la Bienal para contarle al mundo lo que es el flamenco. Y digo al mundo porque en la periferia los sevillanos no se enteran de que estamos en Bienal.  Ni la externalización parcial del gabinete de comunicación, algo absolutamente innecesario porque su histórica responsable es lo mejor de la casa, ha conseguido superar el escollo de la irrisoria repercusión de la muestra. Y es que, haciendo un pareado, la Bienal dice que se acreditan 500 medios de comunicación, pero a las ruedas de prensa sólo acude Cerrejón.

Un remate

Estos (y otros) son los vicios heredados que lastran a la Bienal, cuyo veneno radica en su propia fórmula jurídica, que la hace dependiente de la administración pública y, por tanto, de los intereses políticos de aquellos que van de turno. Si de verdad importara la Bienal a los responsables públicos, la soltarían de la mano y ayudarían a que se hiciera realidad el anhelado sueño de sus fundadores: que el evento estuviese gestionado por un patronato independiente donde, quizás, una dirección bicéfala de garantía profesional, se repartiera la tarea de regentar lo económico y lo artístico con rotunda coherencia.

Comentarios
  1. Analisis exhaustivo y acertado. Lástima que no sepamos si servira para algo, a pesar de que las cifras de pérdidas sean de nuestro dinero.

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