Berta

Aquel día en la consulta del ginecólogo, cuando supimos que serías niña, y luego Berta, algo por dentro me hizo crack. Te reirás cuando seas capaz de leer esto, pero yo imaginaba que tu llegada sería un puro trámite y tú una más. Lo confieso. Una más en la lista de todos esos sobrinos que llegasteis para hacernos más felices y, cómo no, para incordiar. Nada que no hayamos sido los adultos en nuestra infancia. Un espejo, también, en toda la frente por si pensábamos sobrevivir al presente sin reconocernos en nuestro pasado.

“Pueden entrar a verlo”, dijo la auxiliar. Y yo pregunté: “¿Es niño?”. “No”. Y entonces te moviste. Primero un brazo. Luego una pierna. ¡Te vi tan viva! Y empezamos a escuchar tu corazón. Así, fuerte, como marcando el terreno desde tus recién estrenados cuatro meses. Un aquí estoy yo, señores. Un a portagayola que me cogió sin capote. Y me llevaste por delante. Un minuto y empecé a quererte. Yo miré a tus padres y pensé: “Esto tiene que ser la hostia”, con perdón.

Han empezado ya a decorar tu cuarto. A elegir los colores y los cuadros. No queda nada. A ubicarte mientras especulan con el a quién te parecerás. La vida después del cordón umbilical. Eso. Lo normal. Todas las apuestas familiares auguran que serás muy morena. Yo te digo, por si acaso, que también es importante que aprendas a ser muy rubia. Están los miedos, además, pululando por los pasillos de cada conversación. ¿Qué clase de mundo te vamos a dejar? ¿A qué edad te vas a abrir la cuenta en Instagram? ¿Seremos capaces de estar a la altura? Toda generación tiene una responsabilidad en el mundo. Ojalá tú no tengas que heredar las nuestras y, por ejemplo, para cuando tú sepas leer y entender perfectamente esto, ya hayamos puesto la igualdad en las agendas.

Ojalá nunca tengas que reclamar un sueldo digno. Ni romper los techos de cristal, porque no existan. Ojalá te dejen siempre la puerta abierta. Que acates y desacates. Más lo segundo. Ojalá puedas decir no sin miedo. Ojalá hayan dejado de matarnos aquéllos que no entienden que somos libres y no suyas. Ojalá leas, ames, viajes, te apasiones en cada segundo. Ojalá abras bien los ojos, y que se parezcan a los de tu madre. Ojalá no los cierres nunca. Ojalá entiendas pronto que nos vamos, y así aprendas a vivir más y mejor. Ojalá más tacones en los consejos de administración. Que sepas mirar como tu padre. Que hayamos empezado a construir puentes y dejado de levantar muros. Que estemos preparados para que una mujer nos gobierne. Que ésta ya tenga nombre. Que dudes. Que te pierdas porque será la única forma de encontrarte. Que nos pongas a todos en nuestro sitio. Ojalá te hayan enseñado a leer a Almudena Grandes, Carmen Martín Gaite, Virginia Wolf, Rosa Chacel, Carmen Laforet, Ana María Matute, Alice Munro, Esther Tusquets… Y que a nosotras también nos premien. Ojalá no tengan que recordar en cada sesión del Congreso a Clara Campoamor. Ojalá seamos más contando las historias que nos muestran en el cine. Escribiendo nosotras mismas quiénes somos, de verdad. Recordándoles lo que hemos sido y reivindicando lo que nos ha costado llegar. Eso no lo vayas a olvidar. Nunca.

Ojalá mis sueños, Berta, cuando realmente seas capaz de entender esto que te escribo, no sean los mismos que los tuyos porque aquéllos, a mí, ya se me hayan hecho realidad.

El mundo, la vida, eran esto.

A brillar. A luchar. A volar.

Yo ya te quiero.

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