Bellezas en soledad

Si Leonardo hubiera pintado su San Juan Bautista en un mundo deshabitado, ¿sería tan bello? Y si una sonda espacial emitiera por un altavoz el Magni cat de Bach en un planeta sin vida, ¿seguiría siendo bello? La belleza no es si no es construida, se crea a medida que se descubre. O no. Quizás esté siempre ahí, latente y atrayente, como detrás de una puerta que debemos abrir; quizás sea el sol que se adivina esplendoroso tras la piedra que ocluye la cueva donde vivimos sin luz. La belleza es hallazgo y epifanía, melancolía de lo que no hemos disfrutado antes de ese momento; viento que trae un olor desconocido y añorado. A veces nos llega desde cerca y seguimos su rastro fácilmente; otras, la búsqueda nos lleva a con nes ignotos. En medio del silencio, donde no se es, se erige una masa rocosa. Esa montaña ¿era bella en soledad absoluta, antes de ser vista? El galimatías gnoseológico desaparece al admirarla. Ya sólo hay construcción y certeza. Es una sucursal de la belleza en Islandia.
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