Bajemos a la vida

Madrid. Otoño 2016. Paseo hacia la oficina. Usted ya me leerá en el enero de sofá, mantita y chimenea. El hashtag estrella de todos los inviernos. Con o sin vistas, pero tiritando de frío, como cantaba Camarón. Eso sí, cambio climático mediante. En Sevilla nunca se sabe. De Despeñaperros para arriba, tampoco.

Igual aún le quedan polvorones para amenizar sus tardes. Estoy segura. Algún trozo de roscón de Reyes, bombones, frutos secos y turrón. Un libro encima de la mesa. El olor a castañas en la memoria. El ruido de los niños, de fondo. El recuerdo de los ojos que aún no han perdido la inocencia. Ese brillo que encienden todos los sueños que están por cumplir. Soñar, qué verbo. Habrán puesto un papel en la nevera con el manual de cómo hacer para superar los excesos. La dieta que siguió el amigo del amigo de su mejor amigo. Lunes, miércoles y jueves, al gimnasio. Me lo cuentan todo en febrero. “No hay nada mejor que encontrar un amor a medida”, decía Sabina en su canción Rebajas de enero, pero seguimos buscando el abrigo al mejor precio. ¡Qué nos gusta esa cuesta!

No se habrán calmado los titulares: “El desempleo y la precariedad laboral fuerzan a miles de jóvenes a emigrar”. “La hucha de las pensiones se vacía”. “Trump se entrega a Wall Street en la formación de su gobierno”. “El boicot a Trueba hunde a La Reina de España en taquilla”. “Sólo tres de cada diez actores viven de su trabajo en España”. El tono será el mismo. Tampoco el paisaje nos habrá dado una tregua. Y aquí seguirá el señor que duerme todas las noches al resguardo de la terraza de un bar, y al que yo veo despertar todas las mañanas mientras camino hacia mi trabajo. Esas escenas, ya cotidianas, que siguen multiplicándose en nuestro país, ante las que tampoco nos hemos parado. Porque siempre vamos con prisas. Mirando si el señor o la señora que tenemos delante puede hacernos el favor de cedernos el paso. Porque ya vamos tarde. Y es importante esa reunión de las diez. Y como siempre vamos con prisas, adelantamos dando golpes en el brazo, esos codazos que un amigo francés me enseñó a dar en el metro, no sin antes decir Pardon, como en París.

Seguiremos centrados en la mejor pose para nuestra foto en Instagram. Buscaremos la mejor luz en el ascensor para la autofoto de las ocho de la mañana: “Lunes, qué pereza”, el titular. Fingiremos ser guapos y felices. No hay drama que no arregle el filtro Valencia, ni el Amaro, ni el Willow, ¿verdad? Leeremos: “Crece la mortalidad de inmigrantes que intentan cruzar el Mediterráneo”. Y pasaremos la página. Sin más. “Hacienda pide a la Fiscalía que investigue a Cristiano Ronaldo”. Y volveremos a gritar gol. Y a comprarnos la camiseta. También la de Messi. Y la de Neymar.

Hagámonos menos selfies. Mirémonos más a los ojos. Probemos el plato antes de hacerle la foto. Desordenemos la mesa. Tiremos la copa al suelo. Tengamos la conversación pendiente con nosotros. Digámonos “te quiero” o “se acabó”, sin el filtro de la pantalla del whatsapp. Seamos valientes. Sin iconos de por medio. Demos, por una vez, la cara. No miremos para un lado. Pensemos en los síes y en los noes. Huyamos de los silencios. Cojámonos del brazo. Emborrachémonos de palabras. Y de miradas. Pongámonos solos ante los espejos. Y observemos las arrugas. También las de adentro.

Bajemos a la vida. Y  vivamos, por favor. Aunque parezca que lo hayamos olvidado.

Feliz 2017.

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