Atín Aya. El cazador paciente de la belleza

La cámara como exprimidor “de lo que existe”, el disparador como sonda que extrae la hermosura de lo cotidiano, la fotografía como caza. Sus imágenes demuestran que no hay que ir a buscar lo exótico a territorios remotos sino que podemos cazarlo en lo cercano… pero sin prisas ni plazos. El Pali como un Buda con gafas de culo de vaso que bebe Cruzcampo, la vieja encorvada como bruja de leyenda bárbara que nos invita a entrar en la oscuridad o el capitán Ahab que se burla del destino sobre los sacos del puerto de Sevilla son imágenes icónicas que nos hablan de mundos próximos que nuestra mirada ningunea. Las fotografías de Atín Aya son un diagnóstico oftalmológico, certifican nuestra hipermetropía para la belleza y la autenticidad que tenemos delante. 

Atín Aya nace en Sevilla en 1955. En 1974 empieza Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad de Navarra aunque finalmente se licencia en Psicología en Granada. Esta formación académica influirá en su obra fotográfica, transida por una búsqueda continua del movimiento profundo que se esconde tras la quietud superficial.

Pone rumbo a Madrid en 1981 para estudiar fotografía en la escuela Photocentro y muy pronto encuentra trabajo: entra en la sección de archivos y laboratorios de la agencia Cover. Esta labor le permite conocer la técnica del revelado -él mismo revelaba gran parte de su trabajo fotográfico- y, sobre todo, propicia el encuentro crucial con Jordi Socías, cofundador de la agencia, maestro y mentor de Atín.

Con Naranjito en el centro de todas las miradas, Atín regresa a una Sevilla sede del Mundial de Fútbol de 1982. Se incorpora a la redacción de ABC y luego pasa a la de Diario 16 Andalucía, donde trabaja como reportero fotográfico. Colaborará con medios de comunicación durante toda su vida, publicando en Cambio 16, Panorama, Casa-Vogue, entre otros. A partir de 1986 compagina esta labor periodística con exposiciones en galerías nacionales e internacionales, destacando las muestras en la Soho Photo Gallery de Nueva York, en la Diputación Provincial de Sevilla y en PHotoEspaña 2000 en el Conde Duque de Madrid. Su obra figura en las colecciones permanentes de museos e instituciones como la Comunidad de Madrid, el Centro de Arte Reina Sofía o la Fundación Foto Colectania.

En 1987 Diario 16 le hace un encargo que señalará un punto de inflexión en la trayectoria de Atín: el periódico le pide una serie de retratos a pintores sevillanos de la vanguardia. La sede sevillana de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo lo contrata en 1989 como fotógrafo oficial, puesto que ocupará durante quince años. En 1990 obtiene el premio Fotopress Cultura y Espectáculo de la Obra Social de La Caixa. Llega la gran cita para la ciudad y el país, el año 1992, y Atín se incorpora al departamento de fotografía de la Expo 92.

Poco amante de los grandes viajes, en 1993 se traslada a San Salvador de Bahía para realizar varios reportajes. Al año siguiente es contratado por el Centro de Artes Plásticas de Volvogrado para retratar a diferentes personalidades culturales de esa ciudad rusa. Esa resistencia a los grandes viajes tiene que ver con “un compromiso de honestidad con lo que te rodea”, según reconoce su hija María, quien le define como un “viajero de precisión”. Si bien trabajó en Cuba (2001), Perú (2003), Marruecos (2003) y Rusia, su obra se centra en la realidad andaluza.

La Real Maestranza de Caballería de Sevilla le encarga un estudio sobre el ambiente de la plaza de toros, que queda recogido en Imágenes de la Maestranza (1996). Un año después la Fundación La Caixa le concede una beca que le permite completar el que, quizás, sea su mejor trabajo, la serie Marismas del Guadalquivir (1991-1996), obra que refleja las duras condiciones de vida, a veces indignas, de los marismeños y que ha servido de inspiración para la película de Alberto Rodríguez La isla mínima.

Atín también participa en un proyecto de la Junta de Andalucía titulado Cortijos, haciendas y lagares (1997) y en otro proyecto editorial y expositivo titulado Los andaluces (2002); en 2001 completa su monográfico Sevillanos. Fallece en su ciudad natal el 16 de septiembre de 2007 con varios proyectos abiertos, entre ellos una serie sobre personajes de la ribera del río Tinto y una ampliación de su trabajo sobre los cortijos andaluces. En 2010 se edita su trabajo póstumo Paisanos.

Quienes conocieron a la persona que había tras el visor la definen como vitalista, voluntariosa y entusiasta. En su trabajo, Atín Aya llegaba a ser obsesivo; por ejemplo, para Marismas del Guadalquivir, visitaba continuamente -incluso acondicionó un todoterreno para dormir en su interior- cada zona para localizar lugares y personajes, que iba marcando en un mapa de la marisma, hasta lograr la instantánea precisa.

María Aya le define como “un cazador paciente” de momentos y un autor enormemente preocupado en la construcción y la composición de sus instantáneas. De su experiencia como reportero gráfico procede ese instinto para el merodeo y la intuición para aprovechar la oportunidad fotográfica. A eso suma la maestría en la gestión del tiempo: su trabajo más personal no es fruto de las prisas, sino de la pausa, y eso le permitió crear desde la honestidad.

Artesano en la preparación y captura, pero también en el revelado, proceso que hacía personalmente en un pequeño laboratorio que compartía espacio con el cuarto de baño. Que optase por la artesanía no significa que no investigase las nuevas tecnologías fotográficas, sin embargo las cámaras digitales no ofrecían el grado de autenticidad que las analógicas, ni el Photoshop lograba lo que la luz natural y el instante irrepetible.

Es innegable que Atín logró un estilo personal e inconfundible. Su fotografía bebe de la tradición pictórica clásica y de la escuela bressoniana del “momento decisivo”, conjugadas con un cuidado detallista de la composición y la sabia utilización de todos los elementos que componen la escena, combinando espacios, objetos y perspectivas -a la manera de un pintor- para potenciar la búsqueda del fondo de autenticidad de paisajes y personas. Y como barniz final, el uso magistral de la luz natural, aspecto que el propio Atín Aya resaltaba al afirmar que “no puedo fotografiar más allá de la luz”.

La mirada de Aya atrapa instantes únicos, que jamás volverán a repetirse de igual forma y que, gracias a sus fotos, adquieren la categoría de eternos, más allá del espacio y del tiempo. Escenas callejeras, paisajes, arquitecturas rurales y, sobre todo, retratos de personas. Atín fotografia la nobleza de la miseria, la dignidad de la pobreza, la naturalidad de la tragedia cotidiana. Bajo el hieratismo de sus retratados se remueven océanos profundos y oscuros, que se traslucen en sus rostros y actitudes. Son personajes sacados de la cotidianidad para convertirlos en insólitos y demostrar que cada persona es única e importante.

Atín Aya vivió y trabajó gobernado por el anhelo de acceder a la belleza de lo profundo y lo auténtico. Su misión era acechar, hasta captar, ese breve destello, que dura milésimas de segundo y se disuelve en la nada, a través del que se insinúan historias que ya creíamos olvidadas para siempre.

 

 

 

 

 

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>