Antonio Moreno, estrella en Hollywood

¿Quién fue ese español que protagonizó películas con Mary Pickford, Gloria Swanson y Greta Garbo convirtiéndose en una de las primeras estrellas del cine mudo? El documental de Mar Díaz The spanish dancer recupera la trayectoria de un actor que interpretó a Shakespeare en Broadway, lideró un pionero documental turístico sobre Sevilla y dirigió el primer filme sonoro mexicano.

“En Hollywood pasé la mitad del tiempo tumbado sobre la arena mirando las estrellas y la otra mitad tumbado sobre las estrellas mirando la arena”, aseguró, al borde del absurdo, Enrique Jardiel Poncela sobre su aventura en Estados Unidos. Allí recaló el dramaturgo, en un par de etapas a lo largo de la década de los treinta, atraído por los grandes estudios cinematográficos para escribir los guiones de las versiones en español de las películas. El madrileño, arrastrado por su amigo Edgar Neville, atendía la necesidad de las grandes productoras de rodar sus largometrajes en distintos idiomas a raíz del arrollador éxito del cine sonoro.

En aquellos años, uno de los guiones de Jardiel Poncela fue llevado al cine. Se trataba de Asegure su mujer, una “comedia sofisticada” cuya exhibición fue prohibida en España por las autoridades franquistas. El filme estaba protagonizado por Antonio Moreno, ese mismo actor español -alto, guapo, de porte elegante- que aparecía en una fotografía de 1926 apoyado en un cochazo frente a una enorme mansión de Los Ángeles. Esa inusual imagen impulsó a la periodista y cineasta Mar Díaz a desvelar quién era ese artista totalmente ignorado que triunfaba entonces a lo grande en Hollywood. Todos sus hallazgos están en el documental The Spanish Dancer (2016).

“Nací en Madrid, hijo de Juan y Ana. Poco después mis padres se trasladaron a Sevilla. De allí recuerdo que solía jugar a los toros con otros chiquillos de mi edad. Nos defendíamos de las acometidas del niño que hacía de toro con espadas de madera, palos de escoba que hacían las veces de banderillas y delantales que simulaban capotes. Mi padre, militar de profesión, murió cuando yo tenía siete años. Su paga era tan modesta que mi madre se encontró en una situación bastante precaria y nos trasladamos al Campo de Gibraltar“, llegó a confesar el actor, cuyo nombre real era Antonio Garrido Monteagudo.

“Residimos en Algeciras, donde trabajé en la panadería del señor Cabello por una peseta a la semana –añade el intérprete-. Trabajaba ocho horas por la noche y las ratas me asustaban mucho más que todas las escenas de riesgo que hice después. En Algeciras comencé a amar el mar. Llovía muy poco y el sol brillaba deslumbrante sobre el agua azul del Mediterráneo, mientras más allá del Estrecho atisbaba un misterioso continente amarillo: África. Después, mi madre y yo nos trasladamos a Campamento, una pequeña población costera próxima a Gibraltar. Mi madre se volvió a casar cuando yo tenía once años. Nos fuimos a vivir a una granja. A mí me comía la impaciencia…”.

Fue precisamente allí, trabajando para los ricos ingleses que jugaban al polo y bajaban a la playa en sus caballos, donde aquel adolescente decidió buscar mejor vida gracias a la amistad que forjó con Benjamin Curtis, un sobrino del alcalde de Nueva York, y Enrique de Cruzat Zanetti, un abogado cubano graduado en Harvard. “Los llevé a casa para que conocieran a mi madre. Zanetti se ofreció a llevarme a Estados Unidos y darme una educación. Mi madre aceptó (…). Yo sentía que América sería mi destino final. Allí encontraría el mar, las llanuras y las grandes ciudades. Allí podría desplegarme y aprender y vivir y ser una o todas las cosas que había soñado ser…”.

Con catorce años llegó a Massachusetts, donde desempeñó diversos trabajos hasta que conoció el mundo de la interpretación gracias a las importantes compañías teatrales que recalaban allí en gira. Su vida cambió al ir a reparar una caja de luces en un teatro local donde actuaba la actriz Maude Adams. “Allí uno puede ser todo lo que ha soñado ser: bucanero y torero, marinero y poeta, amante y aventurero. Yo me había preguntado a menudo cómo podría conseguir, en una sola vida, todos los papeles que me veía representando. El escenario fue la solución. Sí, en el teatro todo era posible”, recordaba el actor, quien llegó a interpretar obras de Shakespeare en Broadway.

Sin embargo, su dicción, marcada aún por un fuerte acento español, le impidió aspirar a los papeles importantes. En cambio, la explosión del cinematógrafo como forma de ocio supuso una oportunidad para el español. Mientras los grandes actores de la época despreciaban el nuevo medio, los inmigrantes como él podían confiar su suerte a la presencia escénica y la gestualidad. Así, adoptó el nombre artístico de Antonio Moreno y participó en diversas producciones cinematográficas en Nueva York y Nueva Jersey, entonces las capitales de la incipiente industria fílmica. Hacia 1912 trabajó como extra en el corto Lola’s promise que D. W. Griffith rodó para la productora Biograph.

Pronto su rostro se hizo muy popular, debido a su participación en seriales de éxito, desvela Mar Díaz en su impecable documental. Allí fijó el modelo de latin lover que más tarde ampliarían Rodolfo Valentino y Ramón Novarro: galanes de pelo negro, presencia imponente y mirada seductora. Pero, a pesar de los suspiros, fue una rica heredera de un magnate del petróleo, Daisy Canfield, divorciada y madre de tres hijos, quien terminó convirtiéndose en su esposa. “Mi mujer ideal debe tener cerebro, un gran intelecto, porque yo tengo muy poco. No sé nada, soy un ignorante. No me importa la edad que tenga. No me importa su físico. Quiero a alguien que me hable, que me lea y que me diga qué debo leer. Que me eduque”, aseguraba el actor.

Por aquel tiempo, vivió días de gloria gracias a películas como La bailarina española (The spanish dancer, 1923), Mare nostrum (1926) y Ello (It, 1927, junto a Clara Bow). Fue pareja artística de Mary Pickford, Pola Negri, Gloria Swanson y Marion Davies y, cuando Greta Garbo llegó desde Suecia y la Metro quiso hacer de ella una estrella, le dio un papel protagonista en La tierra de todos (The Temptress, 1926) junto a Antonio Moreno porque él era el que llevaba a los espectadores a las salas. Algunos de esos filmes los veía en el Campo de Gibraltar su madre en la primera fila de la sala, con lágrimas en los ojos, tocando con sus manos la pantalla cuando aparecía su hijo…

Moreno llegó a Hollywood en el momento en que se convirtió en la meca del cine y allí también vivió el cataclismo que supuso la llegada del sonoro. Mar Díaz calcula que el actor español llegó a rodar un centenar de películas mudas, casi todas hoy perdidas. Apenas se conservan una veintena. Porque, con la llegada del cine sonoro, los estudios se deshicieron de aquellas cintas que habían dejado de ser rentables. Junto al criterio puramente económico, también se impuso otro de seguridad: el almacenamiento del celuloide era altamente peligroso por su rápida combustión. Así que muchos rollos se quemaron o se arrojaron directamente al fondo del océano.

Fue en ese momento cuando Moreno encontró trabajo en las dobles versiones, un sistema que estableció Hollywood antes del perfeccionamiento del doblaje por el que se rodaban las producciones en varios idiomas usando los mismos decorados y vestuarios. Así, durante el día se filmaba Drácula (1931) con el primer reparto y, de noche, ocupaban el estudio los intérpretes de la versión en español. Pero el mismo acento que resultaba demasiado español para las nuevas producciones en inglés de Hollywood sonaba demasiado inglés para las versiones hispanas. También intentó la aventura de la dirección y tuvo su oportunidad en Santa (1931), la primera película sonora de México. En el país americano también dirigió al año siguiente, Águilas frente al sol (1932). A pesar del aplauso general, regresó a Hollywood, donde se dedicó el resto de su carrera a interpretar papeles secundarios en películas como Crisis (1950), La mujer y el monstruo (1954) y Centauros del desierto (1956).

Se sabe que Moreno viajó a España reiteradas veces para visitar a su madre en el Campo de Gibraltar. En 1927 rodó en Sevilla un documental, En la tierra del sol, donde se le puede ver paseando a caballo junto a Ignacio Sánchez Mejías por la Feria de Abril o en los palcos de la plaza de San Francisco durante la Semana Santa, acompañado allí por Adolph Zukor, fundador de la Paramount. Su última visita fue poco antes del estallido de la Guerra Civil, en enero de 1936, para el rodaje de María de la O, película que protagonizó junto a Carmen Amaya. Allí lo recibieron, entre otros, Edgar Neville y Jardiel Poncela, quienes nunca olvidaron el trato que les dispensó Antonio Moreno en Estados Unidos. El actor murió en 1967, hace ahora cincuenta años. Hoy está enterrado en un cementerio de Los Ángeles.

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