Antonio el bailarín

Renovador de la danza española, pisó los templos sagrados del ballet y actuó ante Alfonso XIII, Kennedy, Isabel II de Inglaterra y Picasso. Condecorado por la ONU, divo con carácter volcánico que protagonizó una veintena de películas. Ofrendó su vida a la danza, encarnando el genio artístico… con todos sus defectos y virtudes. Se llamó Antonio Ruiz Soler, Antonio el bailarín para la historia. 

Imaginen la perfección de Nureyev, la pasión de Carmen Amaya, el divismo de la Callas, la belleza de Valentino y la genialidad de Picasso, y únanlos. Pues todo eso era Antonio Ruiz Soler. Nace en Sevilla (1921) y con seis años empieza su formación en la academia del maestro Realito destacando como un niño prodigio. Allí le asignan una niña como pareja de baile, Rosario, que se convertiría en su partner durante décadas.

Debuta en el Teatro Duque en 1928, también actúa en fiestas privadas y en el extranjero por primera vez, en la Feria Internacional de Lieja. Al año siguiente baila ante Alfonso XIII y Victoria Eugenia en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Tras ese baile nace la leyenda de Antonio, ya que cuentan que aseguró a su madre: “He bailado ante una reina, y te convertiré en una reina”. Completa su formación infantil con los maestros Otero, Pericet, Mesquida, y profundiza en el flamenco con Frasquillo. Su agenda se llena de actuaciones en teatros, cafés, fiestas privadas y Cruces de Mayo, y recorre el país con Los Chavalillos Sevillanos.

En 1937 el empresario Marquesi contrata a Antonio y Rosario, que por entonces actuaban en Barcelona y Francia, para hacer las Américas: Argentina, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Cuba, México y Brasil, y en 1939 son contratados para la sala de fiestas del Waldorf Astoria de Nueva York. Es la llave que abre los Estados Unidos a Antonio y Rosario: siete años trabajando en Nueva York y rodando varias películas en Hollywood. De la importancia de Antonio para la cultura española, da buena cuenta su presentación en 1943 en el Carnegie Hall bailando el Corpus Christi en Sevilla de Albéniz.

Regresan a México en 1946 para estrenar el Zapateado de Sarasate, coreografía que se incorporará a su repertorio. Cuba, Uruguay, Perú, Chile y Argentina, completan un periplo americano de doce años que hace madurar a Antonio como bailarín, coreógrafo y escenógrafo. Su repertorio se consolida: además del Zapateado, entran la jota Viva Navarra de Larrega, el Zorongo gitano, las Goyescas de Granado, algunas Danzas de Turina, piezas de Albéniz y El Café de Chinitas con letra de García Lorca; seguidillas manchegas, boleros, sevillanas y fandangos, partes de El amor brujo y El sombrero de tres picos, y hasta bailes de inspiración caribeña.

Antonio vuelve a España, pero no encuentra quien le contrate hasta que Lasarreta lo hace para que debute el 27 de enero de 1949 en el Teatro Fontalba de Madrid. El éxito hace prorrogar dos meses, tras los cuales se presenta en el San Fernando de Sevilla con igual respaldo de público y crítica. Esa primavera inicia gira por Francia, Italia, Suiza, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Bélgica, Escocia, Holanda, Israel, Tánger y Egipto. Y así durante tres años.

En 1952 Antonio y Rosario se separan tras veintidós años como pareja artística. Finaliza una etapa de intensa creatividad que marcará la historia de la danza española. El bailarín monta compañía propia. Su genialidad le lleva a crear un baile flamenco, el martinete, hasta entonces solo para el cante, que  interpreta en el filme Duende y misterio del flamenco. Ese mismo año Leónidas Massine le ofrece ser primera figura en su El sombrero de tres picos, obra que llegará a la Scala de Milán. También participa como primer bailarín en Capricho español de Rimski-Korsakof. Es la consagración de Antonio a nivel internacional y el reconocimiento de la danza española.

En el verano del 53 se presenta su compañía, Ballet Español de Antonio, con treinta y cinco bailarines y Rosita Segovia como primera figura femenina, estrenando en el Festival Internacional de Granada, donde obtiene un gran éxito. Después actúa en el Teatro Español de Madrid e inicia una larga gira por España, Europa, América y ciudades como El Cairo y Johannesburgo. En el Empire de París el sevillano es sacado en hombros tras el estreno y en el Stoll londinense acapara las alabanzas de público y crítica. Precisamente en el Palace de la capital inglesa estrena en 1955 Rondeña y Albaicín de Albéniz, asombrando la modernidad de la puesta en escena; en el Teatro Saville estrena El amor brujo de Falla, ballet que le consagra mundialmente como coreógrafo. Luego, actúa en el Champs Elysées de París, en la Scala y en Picolo Scala, donde por primera vez suena flamenco, y en el 57 se presenta en la Ópera de Viena.

Antonio firma en 1958 la considerada como su mejor coreografía, El sombrero de tres picos, con figurines de Muntañola. La década de los 60 representa una evolución del concepto creativo del sevillano, que indaga en temas simbólicos, con una escenografía estilizada y un baile complejo y exuberante.

Rosario y Antonio vuelven a encontrarse en 1962. La incluye como artista invitada en su ballet. Dos años después la pareja se reúne por última vez: hacen una gira por España, Inglaterra, Rusia, Estados Unidos y Sudamérica. Chile es el último país que disfruta de esta pareja mítica de la danza.

El bailarín llega al final de los 70 bastante cansado y piensa en su retirada. Organiza una gira de despedida con el espectáculo Antonio y su teatro flamenco, que arranca en el Lope de Vega de Sevilla y continúa por diferentes países hasta que en Sapporo (1979), justo cuando cumplía medio siglo en la danza, pone fin a su carrera. Un año más tarde es nombrado director artístico del Ballet Nacional Español, sustituyendo a Antonio Gades. El 9 de mayo de 1983 Antonio es cesado y abandona cualquier actividad relacionada con la danza excepto una coreografía para María Rosa, que se estrena en 1987 en el Monumental de Madrid.

Desaparecía el genio que cambió la danza española y la dignificó llevándola por los mejores escenarios del orbe. Entre los innumerables premios destaca la Cruz de Isabel la Católica, la Medalla de Oro Extraordinaria del Círculo de Bellas Artes, la Medalla de Honor de la ONU, la Medalla de Oro de la Escuela de Danza de Moscú y de la Scala de Milán, el Premio Nacional de Flamenco de la Cátedra de Flamencología de Jerez y la Medalla de Oro del Spanish Intitute de Nueva York.

Antonio fue algo más que un bailarín. Encarnó el genio artístico, con sus luces y sombras. Valiente y provocador, sobre todo en una época en que un hombre con un abrigo de pieles era un escándalo. Se convirtió en la traducción en español de conceptos como glamour, chic y cool, paseó su divismo y fomentó la leyenda sobre su currículo de amantes. Sin embargo, todo estaba sustentado en un trabajo duro y en una genialidad que le absolvían de sus pecados de egolatría.

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