Análisis, respeto y entendimiento

Que el arquitecto actúe sobre un medio histórico es una cuestión que siempre suscita preocupación. Tanto si el proyecto se concreta en un entorno histórico como si se refiere a la transformación de un edificio de cierto valor, el temor al cambio hace que despierte susceptibilidades. Siempre existe el temor a que la esencia de aquello conocido se pueda ver amenazada por alguna restauración, transformación o adaptación a un nuevo uso.

Ilustración ÁmaroEste temor no es para menos, los lazos que ligan a la sociedad con el medio histórico en el que vive son de una componente afectiva incuestionable nacida de la comprensión de ese medio como escenario de su propia vida y como parte de su personal patrimonio sentimental. Lógico es que se mire con escepticismo toda posible alteración de ese entorno tan sentimental; y lógico es también el temor del arquitecto a que su obra se convierta en un merecedor objetivo de la crítica.

Ese amor por el medio de crianza es el que hace que, sin ningún valor objetivo más allá que el afecto, las personas prefieran la iglesia de su barrio a la del barrio vecino y la catedral de su ciudad a la de la ciudad cercana. Esta es una actitud no asumida, sino inconsciente, alimentada por el hábito que da la convivencia con el propio medio.

A la componente sentimental va unido un respeto casi sacrosanto, propio de nuestra cultura, por todo lo referente a la clasicidad, entendida ésta como toda la obra realizada anteriormente con una unidad formal, asociada a lo clásico, y que se nutre del respeto por lo ancestral y por la sensación de infalibilidad que irradia todo aquello que supera las fronteras de su propio tiempo, presentándose ante nosotros como algo necesariamente bueno, incuestionable por su propia existencia, sin más. La intervención en arquitecturas pasadas es normal que se efectúe desde esa necesidad fundamental de recuperación y conservación como respuesta a la llamada de la protección de aquello que se ha convertido en una referencia cultural. Se requiere para esta intervención quirúrgico-plástica una precisión milimétrica y un profundo conocimiento de lo que se manipula para no caer en edulcoramientos alimentados por la literatura histórica, o en una alienación del propio edificio.

Cuando lo que se produce es una habilitación del edificio a otros usos, la respuesta arquitectónica es la de una recuperación formal del mismo, esto es, la conservación de aquellos elementos que emanen una mayor identificación con el pasado de la obra. Los elementos conservados serán interpretados con valor arqueológico, pero la descontextualización del edificio dará lugar a un cambio ineludible en la capacidad expresiva de lo formal que constituye al propio edificio. Sucede así que una actitud conciliadora acaba por convertirse en un ejercicio de desmembración del entorno y en una frivolización de su propia esencia.

Si se quiere recurrir a la transparencia inocua de la obra de nueva factura, sugiero mejor la copia como ejercicio más sincero de autoaceptación de las limitaciones de conocimiento del funcionamiento expresivo del lenguaje clásico. Aunque es de entender que esta postura anula cualquier tipo de creatividad y, por ende, impediría la creación de un lenguaje actual que construyera una historia propia y nueva.

Existe otra vía, la que a mi juicio es más sensata: la integración que elude la mímesis, y cuyo éxito es introducirse en el medio a través de la comprensión del mismo. Esto nos hace darnos cuenta de que no se puede sino lograr un mayor acierto con la respetuosa inserción de nuestro propio código sensible en respuesta a lo que el lugar nos exige y obliga a respetar.

Recuerdo un profesor de la universidad que me decía que la integración arquitectónica no era posible y que todo lo nuevo se diferencia de lo anterior. Esto, para mí, siempre ha sido un paso atrás, entender la integración como transparencia de actuación formal. Me alegó dicho profesor que no había más que ver el Archivo de Indias con respecto a la Catedral para entender la relación entre ambos edificios como un ejemplo del fracaso de la integración arquitectónica. Por supuesto, ambas moles arquitectónicas profesan lenguajes expresivos distintos, pero la solución del Archivo es profundamente integradora en la concepción del espacio urbano con respecto a un edificio religioso. Se puede decir que existe una verdadera actitud conciliadora entre ambos edificios muy manifiesta, que implica una verdadera actitud sumisa y de respeto por parte del edificio de nueva planta, por no señalar la riqueza espacial urbana que genera en su entorno. Pensar que el Archivo aterrizó como un ovni de esa forma en Sevilla desvela una muy parca capacidad de análisis del medio.

Sevilla y Andalucía ofrecen un sinfín de ejemplos históricos de integraciones arquitectónicas con final feliz. La riqueza arquitectónica basada en una pobreza material que ha obligado durante siglos a realizar yuxtaposiciones, cortas y pegas, y parches unos sobre otros, pero realizados con cabeza y desde el acercamiento sensible a lo preexistente, han creado un catálogo riquísimo de ejemplos de misceláneas que demuestran que el acercamiento de los los lenguajes arquitectónicos va más allá de su propia semántica.

Estos ejemplos adquieren unidad no desde la agrupación de elementos de la clasicidad, porque ¿qué tiene que ver una torre árabe con un arco ojival, y éstos a su vez con una envolvente barroca?, sino desde el compromiso de integración que proviene del perfecto dominio de las propias capacidades a través de una lectura consecuente de las necesidades que exige el medio sobre el que actuamos.

La integración es posible desde el respeto sincero por el medio. El resultado será más o menos afortunado en función de nuestra capacidad de lectura del mismo y de nuestra avidez por conocer sus necesidades. Del comentario de mi profesor saco una conclusión que nos ha de consolar de todos nuestros fallos: la integración también la hace el hábito o la costumbre, y es que la huella en la memoria siempre es débil. La costumbre construye una nueva realidad y un nuevo sentido, que desplaza los sentidos generadores de toda coherencia a lo más recóndito de nuestra memoria colectiva, pero ¿a costa de qué?

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