Analfabetismo tecnológico: Programar o ser programado

La comprensión de los mecanismos que nos rodean es uno de los objetivos de la educación. Una cultura básica incluye elementos como el ciclo del agua, la electricidad, los número racionales, leer y redactar correctamente, el Renacimiento, la deriva de los continentes… cientos de conocimientos que podríamos considerar esenciales. ¿Por qué no es esencial conocer cómo funcionan los ordenadores y los programas que ejecutan?

Cientos de programas afectan a nuestras vidas todos los días: desde lo que leemos en Facebook hasta el precio de la electricidad que pagamos. La asignación del colegio de nuestros hijos, la cuota de la hipoteca, incluso los impuestos que pagamos… los ejemplos son innumerables.

Si el objetivo de aprender a escribir no es que cada alumno llegue a escribir una novela como El Quijote, cuando alguien propone que la programación sea parte de los conocimientos básicos, no creo que se aspire a que sean capaces de programar un satélite o un coche autónomo. Por mi parte, me conformaría con que los niños vieran todos los aparatos a su alrededor como algo más que cajas negras de las que mágicamente salen cosas. Si tan importante es enseñar una conciencia crítica ante la información que se les presenta en los medios tradicionales, aún lo es más aplicarlo a lo que usan todos los días: ¿Por qué esta aplicación es gratuita? ¿Por qué necesita mi correo electrónico o que me registre? ¿Y mi localización?

Una gran paradoja es que lo que un ciudadano medio conoce sobre los ordenadores hoy no es mucho más que sabía hace veinte o treinta años, a pesar de que su uso se haya vuelto omnipresente. Nuestros teléfonos móviles tienen más potencia de cálculo y más software que el ordenador más complejo del año en que nacimos, pero el conocimiento general sobre cómo funciona no es mayor. Hay máquinas cada vez más sencillas de utilizar pero también usuarios más ignorantes sobre cómo gobiernan sus vidas. En el mundo analógico en el que crecí sabías que este periódico tenía una visión del mundo u otra. Y que lo que te decían en los descansos de las películas o dibujos animados era para que compraras un juguete o unas zapatillas. Hoy infinidad de personas piensan que lo que Facebook les muestra es la realidad y que es un amigo el que nos está recomendando que compremos esa maleta, cuando es una empresa la que paga a  esa red social para mostrarnos ese anuncio.

Hoy en día hay muchas más posibilidades de controlar a una pareja -conducta que considero execrable- sin que lo sepa que hace diez años. Su móvil guarda su posición cada segundo y esa información está a una contraseña de distancia. ¿Nuestro móvil guarda nuestra posición? No es un secreto industrial ni alta tecnología. Es sencillo deducir que si nuestro móvil nos alerta de que empieza a haber mucho tráfico cerca de casa, que salgamos pronto, es porque sabe dónde estamos y dónde vamos todos los días a las siete y media de la mañana. No es tan complicado entender los elementos básicos de la tecnología que nos rodea. No podemos renunciar, sin intentarlo, a comprender las consecuencias de su uso. Y no es tan difícil porque al final del hilo esa tecnología está hecha por personas, con objetivos concretos que no son tan variados: vendernos algo, vender la información que generamos, averiguar algo que les permita vender más tarde…

La alfabetización tecnológica no es aprender a encender un ordenador o darle a “Me gusta” en una foto. Ni retuitear. Ni siquiera tener un blog. Necesitamos entender conceptos como algoritmo, latencia, sincronía, software libre, privacidad, derecho al olvido, geoposicionamiento, publicidad personalizada, registro de actividad, servidores… que no son tan complicados. No son más difíciles de entender que hacer raíces cuadradas o las reglas básicas de la gramática española. No implican, a determinado nivel, tanto esfuerzo como parece.

¿Por qué no forman parte de la “cultura general”? ¿Por qué sólo los padres preocupados por estos asuntos educan a sus hijos para que conozcan el funcionamiento del mundo en el que viven? La ignorancia siempre hizo pueblos dóciles, pero en nuestro tiempo también hace ciudadanos indefensos.

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