All La Glory

Durante los últimos veinte años, Juano Azagra ha sido una presencia constante en la escena musical sevillana: trabajador en tiendas de discos (y ahora propietario de una), pinchadiscos en varios de los clubes de la ciudad, músico de acompañamiento para artistas como Chencho Fernández, cantante y guitarrista en bandas como Los Bombones, Los Quiero o All La Glory. Una trayectoria vital rica y compleja, a la que estos días se añade un capítulo fundamental: “Everybody’s breaking everybody’s heart” (Happy Place, 2016), un disco de tintes melancólicos y voluntad confesional, que contiene algunas de las mejores canciones que ha escrito hasta ahora, pero que también funciona como un bálsamo, como una manera de curar las heridas recibidas durante una época oscura de su vida.

Mi padre tenía tiendas de discos en Sevilla, así que la música siempre ha estado presente en mi vida”. Sentado en un bar de la calle Feria, con una cerveza por delante, Juano Azagra sitúa en su infancia ese momento en el que descubrió la magia que una canción puede llegar a provocar. “Mis padres se separaron cuando yo era muy pequeño. Mi padre era un rockero, pero mi madre era una persona más tradicional, que pensaba que el rock podía llevarte por el mal camino, así que hubiera preferido que estudiara para abogado o alguna cosa parecida”. Azagra, por supuesto, tenía otros planes. “La custodia la tenía mi madre, pero los fines de semana me tocaba pasarlos con mi padre. Iba a su casa y allí estaban Raimundo Amador o Kiko Veneno. O a lo mejor tenía que ir a pasar la noche en el Bourbon”, un antro mítico cercano a la Plaza del Salvador, “porque le tocaba a mi padre abrir el bar. A mí aquel estilo de vida me interesaba mucho más que cualquier universidad, así que con diecisiete años decidí dejar el instituto, me mudé a casa de mi padre y comencé trabajar con él en la tienda de discos”.

¿Cuándo descubriste que querías tocar música además de escucharla?

Mi padre solía regalarme cintas de casete, discos de Led Zeppelin o The Beatles. Yo me ponía aquellas cintas, cogía una guitarra que había dejado olvidada en casa de mi madre y tocaba por encima, sacando las melodías de las canciones como podía. Todo de una manera muy básica, incluso solía hacer marcas con un destornillador en el mástil de la guitarra, para que no se me olvidara dónde tenía que poner los dedos. Para mí, todo aquello era como un juguete. De hecho, recuerdo que de niño siempre intentaba jugar a la música: es decir, cuando todos los demás niños estaban decidiendo si jugábamos al escondite o al fútbol, yo siempre intentaba convencerlos para que cada uno se pusiera su walkman y nos juntáramos en una plaza, a escuchar música cada uno por su cuenta y hacer air guitar. Claro, la mayoría de los niños se aburría porque no había interacción, pero era sin duda mi juego favorito. All La Glory 1

Con quince años me di cuenta de que no hacía falta una banda para tocar la mayoría de las canciones; que muchas podían funcionar sólo con una guitarra acústica y la voz. Y como la guitarra es el instrumento más fácil de tocar mal, decidí que aquello era lo mío. Así que comencé a tocar cosas sencillas junto a mi amigo Francis Barroso, con el que más tarde montaría Los Bombones. Un vecino me había dado las nociones más básicas, los acordes sencillos y alguna cosa más, y yo me dedicaba a tocarlos una y otra vez. Me lo tomé en serio, era muy disciplinado e insistía mucho. Tocar música seguía siendo lo más parecido a jugar, lo que más me divertía y me hacía feliz.

También estabas estudiando en el Instituto Velázquez, que en aquella época era un hervidero de futuros músicos.

Por allí andaba gente como Tote King, Israel Diezma o La Mala; había rockers, punkis, heavies, había porros en la Pila del Pato. Era la época de Nirvana y Pearl Jam, de todas esas bandas que pertenecían a un mainstream mucho más interesante que el que existe ahora mismo. Es cierto que se respiraba la música por todas partes, pero eso es algo que se perdió. Después de haber estado trabajando varios años con mi padre decidí volver al instituto, para terminar los dos cursos que me faltaban y hacer la selectividad, y todo había cambiado por completo. Tenía veintidós años, tocaba en bandas y los niños que había por allí me preguntaban que qué hacía perdiendo el tiempo, que cómo no se me ocurría apuntarme a Operación Triunfo.

¿Cómo ha influido en tu educación musical el hecho de haber trabajado en una tienda de discos?

Soy quien soy como músico porque he trabajado en una tienda de discos, y sobre todo porque lo he hecho al lado de mi padre; casi te diría que soy un poco su versión más joven. Cuando empecé a trabajar en la tienda yo era un poco macarrilla, pero él me ponía discos de The Posies, Big Star, Teenage Fanclub o The Beatles para llevarme por el buen camino. Recuerdo aquella vez que fuimos a comprar mi primer amplificador de guitarra: yo tenía dieciséis años y lo único que me interesaba era sonar fuerte, distorsionar mucho. Pero mi padre me acompañó a la tienda y, cuando el dependiente me preguntó que cómo quería sonar, me tapó la boca y dijo “como The Beatles”. Y me vendió un Twin Reverb, un amplificador que hoy es legendario y que todavía utilizo.

Otra persona que es muy importante en tu vida es Miguel Ángel Campos, Goyo.

Goyo me conoce prácticamente desde que nací; es como un hermano mayor o un segundo padre. Que es un poco la relación que él tenía a su vez con mi padre, que también fue el que le abrió las puertas del mundo de la música. Cuando era niño, le pedía a Goyo que me grabara cintas recopilatorias con las canciones que él escuchaba, y a partir de ahí me ha acompañado durante toda mi vida: hemos aprendido a tocar juntos, he compartido con él bandas y multitud de experiencias… para mí es un auténtico mentor. Grupo All La Glory

¿Cuándo montaste tu primera banda?

Mi primer grupo fue Los Bombones, cuando tenía diecisiete años, nada más empezar a trabajar con mi padre. Hasta entonces había estado intentando convertirme en un buen guitarrista, para que la gente de otras bandas me invitara a tocar. Pero comencé a ir a conciertos y me di cuenta de que ser compositor era mucho más interesante. Así que empecé a cantar y a hacer versiones de bandas de power pop como Posies, Velvet Crush o DM3 junto a Goyo y Francis Barroso. Y así nacieron los Bombones, como un grupo de versiones de power pop; versiones tan extrañas y poco conocidas que todo el mundo pensaba que se trataba de canciones nuestras.

Los Bombones estuvieron activos casi diez años, y grabasteis varios discos.

Estuve algún tiempo viviendo en Méjico, y como allí no tenía banda me dediqué a componer canciones. Cuando regresé reactivé a Los Bombones y grabamos nuestra primera maqueta, en Estudios Central, con Alfonso Espadero. Mandamos esa maqueta a Rock Indiana, un sello de Madrid especializado en power pop que había montado un concurso de bandas noveles y lo ganamos. El premio consistía en grabar un disco con Paco Loco, que tuvo muy buenas críticas y vendió 3.000 copias, una cifra que ahora mismo parece increíble. A partir de ahí comenzamos a girar, a tocar en festivales… Nos separamos en 2008, en parte porque me fui a vivir a Granada y en parte porque habían surgido diferencias entre los músicos.

¿Y por qué te mudaste a Granada?

Granada era como un viaje al país de Nunca Jamás. En Sevilla me encontraba perdido: había empezado a estudiar Magisterio Musical pero era una carrera que no me gustaba, y además mi situación familiar era bastante caótica, mi banda se estaba descomponiendo y mi relación de pareja no marchaba demasiado bien. En aquella época me dedicaba a pinchar música en garitos como el Fun Club, el Jackson o el Elefunk… me entró el gusanillo de montar un bar y, como en Sevilla era muy complicado conseguir licencias, decidí mudarme a Granada. Me fui allí sin saber nada de la vida, nada de Hacienda, de la Seguridad Social o del negocio de la hostelería, así que a nivel de negocios mi bar nunca llegó a ir bien. Sin embargo, me encantó la experiencia a nivel musical, porque en aquel momento Granada era una ciudad mucho más vibrante que Sevilla. Es curioso, porque cuando regresé aquí la situación había cambiado por completo: Granada está ahora de capa caída y Sevilla se encuentra en un momento dulce.

¿Por qué decidiste volver a Sevilla?

Regresé porque mi padre murió de cáncer en el año 2010 y tenía que hacerme cargo de la tienda. Llegué con un montón de canciones, volví a llamar a Goyo para empezar a montarlas y descubrí que Sevilla había cambiado y estaba en plena efervescencia. De repente, la gente estaba más hermanada; ya no veías veías a los músicos en esquinas distintas del Fun Club, mirándose con mala cara los unos a los otros. Había desaparecido hasta el salto generacional, y podías ir a un homenaje a Dylan en el que participaban Chencho Fernández, que es varios años mayor que yo, pero también Guillermo Alvah, que entonces era un chaval con poco más de veinte años.

Esa hermandad sigue produciéndose.

Cuando me preguntan por la escena sevillana siempre digo lo mismo: que en esta ciudad no existe la palabra escena, sólo existe la palabra arte. En esta ciudad están Pony Bravo haciendo post punk y la Milkyway Express haciendo blues; están All La Glory, que tiran más para la new wave, y Hi Corea!, que tocan psicodelia; I Am Dive, que son más electrónicos y Miraflores, que son unos punks. Pero luego todos nos vemos en los bares y hablamos de nuestras cosas, nos valoramos y respetamos el trabajo de los demás, sin piques y sin historias. Hay una diversidad enorme, y eso me parece mucho más interesante que pertenecer a una “escena” en la que todos se copian entre sí o se intentan subir al carro de los otros. Pertenecer a una escena es, en ese sentido, algo bastante cateto. All La Glory

Tu nueva aventura, All La Glory, resultaba un poco sorprendente a primera vista. Tú, que venías del power pop y de la música de guitarras, decidiste montar una banda enraizada en la americana.

Después de la experiencia de Los Bombones estaba un poco saturado del power pop, y decidí profundizar en los discos de Gram Parsons, Flying Burrito Brothers o Lucinda Williams. Pero sobre todo sucedió porque en Granada no tenía una banda propia. En Los Bombones me había acostumbrado a componer pensando siempre en el formato banda, a base de riffs y arreglos para la guitarra eléctrica. En Granada sólo tenía una guitarra acústica en el bar, así que cuando no había clientes me dedicaba a componer canciones. Y claro, cuando estás tocando con una guitarra acústica te salen canciones como las del primer disco de All La Glory. Ya le puedes meter baterías, bajos y teclados, que eso no cambiará.

También los miembros de la banda resultaban raros para un proyecto de ese tipo. Al menos Miguel Rivera, que venía de Maga, una banda con un sonido muy alejado de la americana.

La colaboración con Miguel fue bastante casual. Él estaba viviendo en Sevilla, Maga estaba en un momento complicado y además le gustaban las canciones que había escrito. Miguel es una esponja musical, un tipo que escucha de todo y que disfruta mucho trabajando alrededor de las melodías. Y sólo me puso una condición para grabar el disco: tocar las canciones con su bajo Höfner, un modelo como el de Paul McCartney, que ha heredado de su padre.

Hay un momento en el que ese concepto inicial se rompe. Miguel vuelve a Maga y la banda se reconfigura con nuevos músicos.

El primer disco de All La Glory era un ejercicio de estilo: “mirad, sabemos hacer canciones como las de The Jayhawks”. Pero donde yo me siento realmente cómodo es en el territorio del Nuevo Rock Americano, de la new wave y del power pop de los noventa; ahí es donde de verdad estoy en mi salsa. Echaba de menos la electricidad, la distorsión, las melodías y las disonancias, y eso se notaba ya en las canciones que estaba componiendo justo después de terminar el primer disco. Iban dirigidas en otra dirección, hacia el sonido de bandas como Dream Syndicate, REM o Teenage Fanclub, las cosas que me gustan desde siempre.

O sea, que “Everybody’s breaking everybody’s heart” es un homenaje a la música con la que has crecido.

Es la música con la que he crecido y que me gustaría seguir escuchando a día de hoy. Quiero decir, las bandas que me gustaban hace quince años y que todavía funcionan siguen haciendo el mismo tipo de música que antes, pero no encuentro a gente nueva que pueda coger el relevo. Ahora es todo rock retro, post punk o psicodelia… han existido un montón de revivales, pero ninguno que me termine de convencer. A mí lo que me gusta es mezclar las guitarras de Sonic Youth con las melodías de Big Star.

¿Quizás por eso transmite esa sensación de que todas las canciones están tocadas de manera muy intensa, casi a flor de piel?

A nivel de letras este disco es el más personal de todos los que he grabado. Hasta ahora, mis letras eran muy escapistas: hablaba de chicas bonitas que huían de su pueblo, de bares y carreteras. Pero en esta ocasión he escrito acerca de las cosas que me estaban sucediendo, de antiguas relaciones, de la maraña de sentimientos que afectaba a la gente que había a mi alrededor mientras estábamos preparando el disco. Que es la razón por la que tiene ese título, “Everybody’s breaking everybody’s heart”: porque nos estábamos partiendo el corazón los unos a los otros.

Es cierto que las letras son mucho más complejas, tienen más lecturas y dobles sentidos.

Es que la vida me estaba dando golpes por todas partes y necesitaba sacar esas ideas fuera de mí de algún modo. “Reasons to get lost”, por ejemplo, trata de toda la hipocresía que notaba a mi alrededor, de toda esa gente que te habla muy bien a la cara pero luego te apuñala por la espalda. Y “Looking for a thrill” se refiere a esos momentos en los que te sientes hundido y vacío, cayendo en la depresión, y necesitas encontrar alguna chispa, algo que te recuerde que en la vida puede haber algo de luz.

También hay canciones dedicadas a personas muy concretas.

“Vera” está dedicada a la hija de Israel Diezma, el guitarrista de All La Glory. Una niña pequeña, cuyos padres se separaron poco después de que ella naciera. Y le intento contar la situación en la que fue concebida, pero desde un punto de vista esperanzado. Me gustaría que cuando crezca y escuche la canción, esa frase que habla de “un accidente increíble, una coincidencia maravillosa”, sienta que puede hacer lo que quiera con su vida, que las cosas que han sucedido no tienen por qué afectarle.

Así que grabar el disco ha sido como un exorcismo.

Lo ha sido, porque desde que empecé a trabajar en él hasta que se ha terminado han transcurrido tres años y han pasado muchas cosas, la banda ha estado a punto de separarse en varias ocasiones y hasta he dejado de creer en mis canciones en algunos momentos del proceso. Y además, estaba hablando de temas muy complicados y que afectaban a los demás miembros de la banda; cosas que a los demás no siempre les apetecía escuchar. Incluso estuve pensando en refundar All La Glory con otros músicos, pero después de algunas épocas en blanco las aguas se calmaron y todo volvió al buen camino. Nos dimos cuenta de que muchas de las canciones eran buenas y que merecía la pena terminarlas, por muy crudo y muy doloroso que resulte el contexto.

Dentro del disco existe una variedad muy grande de estilos. Un poco como si cada canción tuviera su personalidad propia, su propio arreglo particular.

Hay algo que me ha sucedido siempre (quizás el primer disco de All La Glory sea la única excepción), y es que me gustan tantos tipos de música que tiendo a escribir canciones en palos muy diferentes. A veces creo que es un defecto, porque tanta variedad le puede quitar coherencia al disco, puede llegar a marear al oyente. Pero me gusta que cada canción tenga una personalidad y una producción un poco independiente.

En cualquier caso, el disco funciona de una manera coherente, incluso a nivel de las letras. ¿Tenías pensado desde el principio el orden de las canciones, o ha sido casualidad?

Lo he trabajado mucho con el productor, Jordi Gil, pero tenía alguna idea. Por ejemplo, “This love affair” fue la última canción que escribí y que grabé, y de algún modo supuso el cierre de todo el proceso. Y “Looking for a thrill” fue la primera que compuse, nada más terminar el primer disco. Así que de algún modo todas las etapas por las que he ido pasando están encerradas ahí dentro. Empezando por “L.A.M.F.”, que es un poco la historia de la vida de Goyo, o por “Reasons to get lost” y lo que te comentaba acerca de la hipocresía; las recaídas con mi ex-novia están reflejadas en “Misfit love”, “Pretty eyes” intenta mirar al futuro con ilusión, y el nacimiento de “Vera” también está presente, con esa mezcla de alegría y tristeza que supuso. Al final, el disco funciona como un reflejo de como ha sido mi vida en los últimos años, para lo malo y para lo bueno.

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