Alfonso Grosso – El olvido de la Ciudad Fluvial

“Cómo no recordar la guerra civil. Imagínese un abuelo industrial de la CEDA. Un padre y un tío carnal de Izquierdas Republicanas, este último masón y amigo íntimo de Martínez Barrios. Imagínese otro tío carnal paterno monárquico, de Acción Española, concejal en la Dictadura de Primo de Rivera, e íntimamente ligado a la oligarquía terrateniente de la Baja Andalucía”. Podría ser el inicio de alguna de sus novelas, pero no es ficción, es el recuerdo de una infancia conmocionada por la guerra y la ausencia materna. Es el origen de uno de los novelistas más importantes de su tiempo, hoy injustamente olvidado, Alfonso Grosso, cuya desgraciada vida solo fue redimida por la palabra.   

Alfonso Grosso

De procedencia genovesa por vía paterna y ascendencia materna campesina, su familia pertenecía a la pequeña burguesía de aquella Sevilla que preparaba la Exposición de 1929. Poco se conoce de su niñez, el nombre de sus padres, Manuel y Mariana, y que nació en el barrio de Eritaña; ni siquiera se sabe la fecha exacta de su nacimiento: para algunos el 6 de enero de 1928 y para otros el 17 de ese mismo mes y año.

Con flores a MaríaEn esa niñez de elipsis, hay un personaje latente que quizá sirva para interpretar la mentalidad y el destino de aquel pequeño, su madre. Con apenas dos años, lo separan de su madre para llevarlo a vivir a casa de su abuelo paterno en la calle Alfonso XII. Las diferencias sociales y un matrimonio no deseado por la familia paterna parecen ser la causa de esta separación, que supondrá un “oscuro y tremendo vacío en la vida de Alfonso Grosso”, según su biógrafo Julio Manuel de la Rosa.

De aquella enorme casa del abuelo, Alfonso guardaba el recuerdo del inicio de la guerra civil. Los falangistas golpeando las puertas de las casas, los moros adueñados de las calles y la terrorífica nana de las charlas radiofónicas de Queipo marcaron su vida, según reconoció él mismo.

Formación y rebeldía. Estudió Primaria en los Maristas, el Bachillerato en los Jesuitas y, tras arruinarse su padre, lo completó en el Instituto San Isidoro. En la Universidad de Sevilla cursó Filosofía y Letras dos años, aunque finalmente logró el título de profesor mercantil en la Escuela de Comercio. En 1950 aprobó la oposición a funcionario del Instituto Nacional de Previsión, trabajo que abandonó doce años después al ser trasladado forzosamente a Barcelona por conducta subversiva. Sus problemas con la justicia continuaron a lo largo del franquismo.

Militante del PC desde 1955 y fundador del Partido Socialista de Andalucía, acabaría declarando su militancia en el PSOE en 1979. Alfonso no entendía su existencia sin el compromiso ideológico activo ni la literatura sin una intención combativa.

El realismo social le sirve para vehicular su voluntad de una literatura comprometida, alumbrando obras dominadas por una actitud de denuncia del franquismo a través de un estilo directo. A finales de los 50 sus relatos breves no encontraban cabida en las revistas literarias andaluzas así que se aproximó a los círculos intelectuales madrileños, donde sí parecía haber hueco para su literatura. En las postrimerías de esta década sufre una grave afección pulmonar.

El capiroteEn busca de su voz. En 1959 recibe el Premio Sésamo por Germinal y después publica las novelas La zanja (1961), Un cielo difícilmente azul (1962), Testa de copo (1965) y Los días iluminados (1966). Además publica tres libros de viajes en estos años, escritos en colaboración con Armando López Salinas, José Agustín Goytisolo y Manuel Barrios.

Sin embargo, 1964 es un año crucial en la vida y obra de Grosso: ve la luz El capirote, novela publicada por editorial Mortiz en México al ser prohibida en España por la censura. Ambientada en la Semana Santa sevillana, el tema real es la denuncia de la injusticia y las condiciones indignas de los trabajadores. “La Semana Santa es solo una anécdota”, señala Eva Díaz Pérez, quien afirma que “la historia de esta novela es uno de los episodios de la Sevilla más reaccionaria y cruel”. De la Rosa recuerda una llamada a casa del escritor, atendida por su esposa Isabel, en la que una voz amenazaba: “Dígale al cabrón de su marido que le vamos a meter el capirote por el culo”. Diez años después Seix Barral la publicó en España, y el propio Grosso sabía que “sería leída con mil ojos y seguramente con negativa predisposición en Sevilla”.

Experimentación. El escritor decide desmarcarse del realismo social e iniciar una nueva etapa narrativa de experimentación formal y elaborada prosa. Inés just coming (1970) inaugura esta nueva fase creativa, donde abunda el monólogo interior, recursos experimentales y una gran capacidad para evocar ambientes de manera sugestiva, casi sensual. Le sigue Guarnición de silla (1970), con la que logra el Premio de la Crítica, y culmina con Florido mayo (1973), que gana el Premio Alfaguara.

La segunda parte de los setenta supone su regreso a una literatura menos experimental con libros como La buena muerte (1976) y Los invitados (1978), ambos finalistas del Premio Planeta. En los ochenta es poseído por una prodigalidad creativa, llegando a escribir hasta dos novelas por año. Destaca la trilogía Giralda, El correo de Estambul y El crimen de las estanqueras, entre otras.

Florido MayoHuir para ser. Cuenta De la Rosa que Grosso le recomendó que “Para ser novelista y salir adelante con este oficio, lo primero que tienes que hacer es marcharte de Sevilla”. Esa voluntad de fuga preside los continuos viajes del escritor. En 1960 decide recorrer Europa, luego navega por el Atlántico Sur hasta llegar en 1962 a Suecia invitado por Ingmar Bergman. Fija su residencia en Estocolmo y desde allí viaja a Praga, Berlín, París o Roma, donde trabaja con Rafael Alberti y María Teresa León. Se busca la vida como puede trabajando de periodista, conductor de coches fúnebres o mozo de hospital. En 1966 llega a Cuba como jurado del Premio Nacional de Literatura.

De regreso a España, vive en Madrid hasta 1973, ejerciendo en la capital de copy publicitario, articulista del periódico Informaciones y asesor literario de Planeta.

Olvidar para no ser. De todos los fantasmas que le atormentaron, tres se encargaron de hundirlo en una sima definitiva. El alcohol, la depresión y la enfermedad fueron su tortura a partir de mediados de los ochenta. No solo acabaron con su vida un 11 de abril de 1995, sino que lo mataron mucho antes obligándole a olvidarse que era escritor.

La ZanjaEn 1987 dejó de escribir. Sus últimos años fueron una no-vida, le había abandonado la lucidez. Padecía alzhéimer, sufrió varias depresiones severas y algún intento de suicidio. Solo, estuvo internado cinco años en el centro hospitalario San José de los locos de Málaga, donde fue perdiendo la memoria progresivamente hasta que falleció por un infarto de miocardio en su modesta residencia de Valencina de la Concepción.

Contestatario y apasionado. Grosso blandió una literatura combativa y de denuncia. “Pretendo despertar -como todos los hombres honestos de mi generación- una inquietud política y cultural en mi país, así como dar testimonio de los días de oscurantismo que a mi patria y a sus hombres les ha tocado vivir. Mi actitud es de denuncia”, dijo de sí mismo.

El alzhéimer que lo devoró no es una enfermedad exclusivamente humana, también la sufren algunas ciudades. En este caso Sevilla, que ha borrado de su memoria a uno de los mejores novelistas españoles del siglo XX, un hijo ilustre de esa Ciudad Fluvial tan ingrata con sus mejores talentos.

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