Alberto González Troyano

Nos sentamos a charlar con Alberto González Troyano, uno de los últimos supervivientes de la República de las Letras. Trashumante entre Cádiz y Sevilla, conoce como nadie la literatura y los estereotipos andaluces. Acaba de publicar para el Centro de Estudios Andaluces un vademécum sobre los prejuicios de esta tierra: La cara oscura de la imagen de Andalucía. Este profesor domina los estereotipos románticos, si bien su patria es la duda, la de la estirpe estoica de Machado. No es difícil entrevistarle, se muestra disponible y entra con bravura. Le definen como un rastreador insaciable de lo desconocido. Su pensamiento nutre y fertiliza. 

Parece que la imagen de Andalucía tiene bastantes caras oscuras. ¿Le queda alguna cara luminosa? 

Perduran caras luminosas, en efecto. El problema reside en que embelesan demasiado a la gente, se han convertido en omnipresentes y tienden a excluir la aparición de otras nuevas. Apenas aceptan la crítica y se reproducen con demasiada facilidad.  

En su libro Andalucía tiene cara de Julio Romero de Torres, ¿por qué? 

Julio Romero de Torres ha logrado dar la imagen más precisa de una cierta Andalucía. Es una Andalucía vista desde un solo lado del espejo. Pero no todo en su pintura es cartón piedra o envejecida postal. De vez en cuando transita por sus cuadros un oscuro rincón cordobés, en el que la pena, el puñal y el silencio trágico resultan, por una vez, verosímiles. Esos toques negros han salvado su obra y permanece como una reliquia entre tanta falsa pandereta y luminosidad. 

Los tópicos románticos de la pandereta siguen vivos dos siglos después, incluso parece que han sido asumidos como marcadores culturales de Andalucía por… ¡los propios andaluces! 

Aquellos tópicos románticos fueron elegidos y seleccionados porque respondían a lo que el público decimonónico buscaba. Aquí resultaban creíbles y lograron que Andalucía se convirtiera en un escenario literario que complacía a nativos (dispuestos a actuar) y a visitantes (dispuestos a aplaudir). El espectáculo se puso en marcha y se mantiene con vida, dos siglos después, porque es rentable, cuenta con fuerza (se reactualiza), y los propios andaluces se sienten a gusto con ese despliegue de imágenes propias que ellos mismos interpretan. 

¿Qué vienen buscando “los guiris” a Sevilla? 

Se viaja para conocer al otro, al diferente, y a este respecto Sevilla responde, con comodidad y sin sobresaltos, a esas expectativas exteriores. Todas las ciudades turísticas han asumido un papel teatral para contentar a sus visitantes y si aquí, además, como decía Cernuda, a los andaluces les gusta disfrazarse de andaluces, la función está garantizada varios meses al año. 

Parece que se conforman con ver y fotografiar. ¿Ya no les interesa probar el gazpacho o el serranito? El centro está repleto de franquicias multinacionales, ¿se imagina logos o publicidad colgando de la Giralda? 

El turista, por desgracia, se ha convertido en un personaje autómata. En poco se le puede ya modificar. El problema más grave reside en la incidencia de estas oleadas de visitantes en el aprecio por parte de los andaluces de la cultura y de las tradiciones propias. Las manifestaciones culturales tienden a transformarse en mercancía y negocio, pero, además, si se acelera este tránsito, sin contrapartidas, el estereotipo de una Andalucía, mero espectáculo  festivo, puede ensombrecer a  todo lo demás.  

¿Se “disfraza” el sevillano para que el turista se lleve la experiencia completa? 

De momento, cabe pensar que el sevillano se “disfraza”, primero para contentarse a sí mismo. Por narcisismo. Pero la mirada y el aplauso de los otros también contribuyen a preferir el espectáculo en lugar de otros trabajos en los que hay que indagar y arriesgarse. 

Se han publicado miles de páginas desmintiendo los tópicos de Andalucía y, sin embargo, por encima de Despeñaperros parece que no calan demasiado. 

Los estereotipos y los prejuicios los inventan los otros (los de afuera) como una forma de conocimiento simplista y de manipulación interesada. Tópicos y prejuicios hay en todas partes y no hay que ser demasiado susceptible. Son mecanismos fáciles para situar a pueblos diferentes. En el caso andaluz, lo preocupante es la reiteración de una misma gama de tópicos, que analizados de cerca responden a intereses claros de otras regiones españolas. Es una forma de justificar sus privilegios “nórdicos” frente a los que prefieren la fiesta y la holganza. Pasa igual en el sur de Italia. Aunque no se debe olvidar que a la composición de estos estereotipos negativos también, en parte, han contribuido los propios andaluces. No todo en los tópicos es inventado, siempre hay un punto de partida que lo facilita. Y no se pueden cambiar con el solo esfuerzo interno de los andaluces. Pero siempre beneficiaría que a la denuncia de los falsos enfoques exteriores, se uniera, en lo posible, en Andalucía, un cierto ejercicio público de autocrítica. 

Próximamente vendrán de visita los padres de un amigo inglés. Le gustaría llevarles a alguna corrida de toros pero no sabe por dónde empezar la explicación. Usted ha escrito como nadie sobre el tema, ¿qué le aconsejaría? 

Las fiestas de toros, en la actualidad, han perdido fuerza y su continuidad corre un cierto peligro. Pero esta situación no la han causado solo las ofensivas animalistas, esta debilidad es consecuencia, además del propio estado de las corridas, de la que han desertado numerosos aficionados, pero sobre todo del olvido y ruptura de la rica tradición cultural en la que se apoyaba la tauromaquia. Si los toros no se enmarcan en los tres siglos que lo han hecho históricamente posibles, con toda la cultura artística y literaria que los justifican, se convierten en un espectáculo anacrónico y cruel. Esa cultura es la que los hace comprensibles y es la que debe ser recuperada y vivificada para explicársela a tus amigos ingleses. Pero en España ese cometido pedagógico se ha perdido, ya apenas quedan aficionados e intelectuales que transmitan ese pasado. Sin embargo, esa pasión didáctica, apologética, sí existe en Francia. Este país vecino es la gran esperanza para el mantenimiento de la fiesta de toros.  

Mi amigo, el inglés, es creyente y quiere meterse a costalero. Tampoco sé por dónde empezar… 

Creo que un inglés puede integrarse muy bien en el mundo costalero. Creo que no tendría problemas en un ambiente siempre hospitalario con los que asumen sus tradiciones. Pero quizás su mejor función sería explicarles a los jóvenes andaluces que esa entrega siempre debería ir acompañada de otras ilusiones. El peligro de estas dedicaciones estriba en que monopolicen en exceso la energía disponible en la juventud. El mundo andaluz a veces mira demasiado hacia atrás, hacia las costumbres que cuentan ya con el prestigio de su pasado. Y la nueva sociedad exige estar atento también a otras opciones de vida, de trabajos y de ideas. Por tanto hay que estimular los ambientes que abren expectativas y no reincidir demasiado en los que provocan un cierto ensimismamiento en lo mismo. 

Entre el mito de Carmen y el de la Tierra de María Santísima, ¡nos va a explotar la cabeza! 

Andalucía, por motivos que se podrían explicar, cuenta con una rica literatura. Ha provocado la imaginación tanto de nativos como de extranjeros. Lo que en otras regiones y países no sería verosímil, aquí se enraíza y resulta creíble. Personajes muy peculiares y conflictos sociales que en otras partes no aceptarían los lectores, localizados en Andalucía la gente se los cree, funcionan en la imaginación y se convierten en mitos que alcanzan larga vida. Andalucía, y, más en concreto, Sevilla sirve para enmarcar una serie de tipos inventados por autores de otros rincones del mundo. A pesar de ese peculiar origen han servido para airear una imagen pública que ha prevalecido sobre otras mucho más históricas y reales. Así, se da el caso de una ciudad construida por artistas que ni siquiera la han visitado. Sin embargo, esa imagen es la que se ha difundido. Una perplejidad más con la que hay que enfrentarse y reflexionar sobre ella.  

¿Queda algo de cultura en el espectáculo? 

A estas alturas es difícil pensar en una manifestación cultural que no acabe subida a un escenario y transformada por tanto en mercancía y espectáculo. No parece posible escapar a ese circuito de supuesta degradación, pero quizás una oportunidad estribe en retrasar la llegada, en moverse por espacios todavía inéditos y denunciar la fosilización que siempre aguarda en el horizonte. Y, sobre todo, en Andalucía quedan muchas cosas, autores, obras, lugares, costumbres por descubrir y, sobre todo, por airear. Esa es una espléndida labor: poner un patrimonio nuevo alcance de los que no se conforman con vivir y revisitar, una y otra, vez las mismas tradiciones. Lo recién descubierto y novedoso acabará convertido en pasado y tradición asumida.   

Decía Pascal en sus Pensamientos que la razón le decía que debía sacrificar la razón. ¿Se siente identificado? 

Uno, y tal vez el mayor, descubrimiento de los últimos tiempos nos ha mostrado que el ser humano es múltiple en afectos, en deseos, en posibilidades. Por tanto, reducir ese potencial a una sola opción supone tanto como silenciar las restantes. La razón pascaliana puede ser primordial pero hay que indagar las otras posibilidades y sentimientos que aguardan su momento. 

¿Qué le llevó al estudio de la literatura? 

Tal como está la vida real hay que alimentarse también de lo que dicen y proponen las vidas imaginarias de la literatura. Sin libros que nos sacaran de nuestro cerrado horizonte cotidiano, ni descubriríamos un pasado que es nuestro, ni sabríamos transmitirles a nuestros contemporáneos nuevas formas para enfrentarnos con los conflictos de ahora. 

De tanto leer a los románticos, ¿algo se le ha pegado? 

Agotada la ilusión de un mundo en continuo progreso, propia del ideario ilustrado dieciochesco, los románticos imaginaron otra forma de ilusionarnos, propusieron otras ideas y otros comportamientos, entre ellos el amor-pasión, para seguir buscando utopías para medio engañarnos. Fue un movimiento del que dependen muchas de nuestras mejores creencias. 

A esta revista no le gustan las etiquetas, ¿cuáles son las más dañinas?  

Que no le gusten las etiquetas a esta revista puede ser su mejor valor. Uno puede asumir una etiqueta siempre que no la convierta en un hábito perenne, sistemático o dogmático. Tampoco hay que caer en el relativismo de que todas las etiquetas valen por igual. Cuando una etiqueta te domina estás perdido: ella decide por ti. Como papelitos que son, las etiquetas deben ser borrables, dejando su huella pero sin  marcar.  

Esta tierra ha sido rica en herejes y heterodoxos: literatos, pensadores, artistas ¿Con cuáles se queda? 

Sevilla y su provincia, Utrera, han producido dos personajes que lo reúnen todo: comportamiento, ideas, obras… Dedicarse a ellos puede justificar toda una vida. Leerlos supone la mejor manera de comprender el problema de Andalucía y de España. Dos nombres de heterodoxos que, en el cambio del siglo dieciocho al diecinueve, deben llenarnos de orgullo: José Marchena y José María Blanco-White.  

Una canción: Andalucía de Rocío Márquez 

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