… y en abono te convertirás

Solo con la madera que se entierra en un año en todo el mundo en forma de ataúd se podrían construir más de 15.000 casas. Los líquidos de embalsamamiento como el formol podrían llenar más de cincuenta piscinas olímpicas. Y se calcula que las cremaciones emiten más de medio millón de toneladas de CO2 a la atmósfera. En la medida en la que incineraciones y entierros también pueden estar suponiendo una agresión al medio ambiente, una iniciativa de una organización norteamericana ya ofrece la opción del “compostaje humano”.

De mi cuerpo podrido nacerán las flores y yo estaré en ellas. Y eso es la eternidad”. La frase es de Edvard Munch, y ese otro “grito” del pintor noruego sirve además como lema fundacional de Urban Death Project, una organización que asegura que su misión es la de “crear una alternativa significativa, equitativa y ecológica para el cuidado del difunto”. Nada de enterramientos. Ni de cremaciones. Se dedica en concreto al desarrollo de una nueva forma de gestión del fallecimiento, que denominan recomposición, y que consiste en favorecer que el cuerpo humano en descomposición termine convirtiéndose en suelo abonado, rico en materia orgánica, del que nacerán hierba, flores y árboles.

De hecho, el hall de entrada a las instalaciones de Urban Death Project en Seattle está presidido por un enorme cartel que reza “Eventualmente seré un limonero”. Esas oficinas del estado de Washington constituyen el epicentro del movimiento mundial que promueve el también llamado “compostaje humano”, puesto en marcha por una joven arquitecta.

Una ecuación invertida

La idea le llegó a Katrina Spade cuando estaba asistiendo a una clase sobre materiales de construcción, y su mente se evadió de la explicación del profesor, y se lanzó a calcular el número de viviendas que podrían construirse solo con la madera de los ataúdes que se enterraban o se incineraban cada año en Estados Unidos: 1.800 familias vivirían en esas nuevas casas. Madera muerta para albergar vida, en lugar de muerte. ¿Y si simplificaba la ecuación e invertía sus términos? Muerte, igual a madera más vida. Madera viva, igual a árbol (Igual a muerte).

En el caso de España, el número de cremaciones anuales ya casi alcanza al de enterramientos, con cerca de 200.000, y la patronal del sector funerario vaticina que se igualarán en porcentaje en torno a 2025. Pero los defensores de una “tercera vía” para la muerte consideran que tan lesivas son una como otra práctica para el medio ambiente: cuando no hay cemento ni madera, hay emisiones de gases contaminantes, y todo ello desaparece cuando se opta por transformar el cadáver en abono. Vida, muerte, vida.

“La real y terrible verdad es que lo último que la mayoría de nosotros haremos en esta tierra es envenenarla. Es como si hubiéramos aceptado que la muerte es un obstáculo en nuestro camino de vuelta a la naturaleza”, explica Spade, que se muestra sorprendida, habiendo llegado a la conclusión de que las prácticas funerarias de nuestro tiempo están diseñadas para evitar los procesos naturales que le suceden a un cuerpo después de la muerte: para evitar que la materia orgánica vuelva al suelo, para enriquecer a otros seres vivos.

Átomos y moléculas

La evasión mental de la clase de Materiales ya se había convertido, en pocos minutos, en una auténtica obsesión para la joven estudiante, y se lanzó a comentar su reflexión a todo aquel que se le ponía por delante. Hasta que una amiga le habló de algo que había leído en una revista: el compostaje de mortalidad en explotaciones ganaderas. “Consiste, por ejemplo, en tomar el cuerpo de una vaca, repleto de nitrógeno y cubrirlo con unas pocas chapas de madera, que contienen mucho carbono. Es un proceso aeróbico, así que se deja al aire libre para que el viento proporcione el oxígeno y la lluvia la humedad necesaria. En unos nueve meses, todo lo que queda es un compost rico en nutrientes”, detalla la promotora de la iniciativa para trasladarla al ámbito humano, con la inestimable colaboración de microbios y bacterias. Se trata de eliminar las barreras que, en enterramientos y cremaciones, impiden que la naturaleza realice su trabajo de descomposición de las estructuras orgánicas en elementos químicos. Tejidos que se transforman en moléculas. Moléculas que se desintegran en átomos que forman nuevas moléculas de compuestos nutrientes. Vida, muerte, vida.

Esas fueron las raíces de Urban Death Project, una idea que trabaja en el diseño de un modelo urbano, escalable y replicable en cualquier lugar del mundo, en el que trabaja un equipo de expertos en distintas disciplinas como el derecho, la arquitectura, la biología, la agricultura, la geología y, por supuesto, los servicios funerarios. La ciudad de Seattle albergará el primer complejo del mundo dedicado al compostaje humano: un edificio destinado a los servicios generales y administrativos, y extensos jardines cuidados con mimo, y abonados con todo el sentido y el sentimiento. Un espacio que se situará en la concepción a medio camino entre un parque público y un tanatorio. Y más que los muros de la instalación, la verdadera complicación en la ejecución del proyecto radica en adaptarlo a las normativas legales vigentes que, hoy por hoy, no permiten que un cuerpo humano quede expuesto para que su descomposición se produzca de una forma natural.

Valor espiritual

Los promotores de la idea también trabajan en el diseño de una ceremonia, en la que los familiares y amigos colocarán el cuerpo del fallecido en la zona de compostaje, cubierto por un sudario sobre el que colocarán los trozos de madera que acelerarán su descomposición. Y también hay un equipo dedicado a identificar espacios obsoletos en ciudades de todo el mundo que también puedan devolver a la vida, al uso: naves de antiguas iglesias, espacios industriales, edificios abandonados… Vida, muerte, vida, también para la arquitectura urbana.

Para Katrina Spade es fundamental recuperar el sentido ritual de los funerales, al que no invitan precisamente las cremaciones que ya alcanzan más de la mitad del destino de los fallecidos norteamericanos. “Estamos desterrando prácticas que desconciertan y restan fuerza a la despedida de un ser querido, estamos creando un sistema que es hermoso, cargado de sentido y transparente”, describe la promotor, que inaugura además el lema del “derecho de acceso a una muerte ecológica”.

Llevar al proyecto de compostaje humano a su estado actual también ha requerido de una fase de experimentación, mediante una prueba piloto que desarrolló en las colinas de Carolina del Norte el Departamento de Antropología Forense de la Universidad de Western Carolina: seis cadáveres donados por sus familiares fueron sometidos al proceso natural de descomposición a la intemperie, acelerado por materiales ricos en carbono. Y la fase de experimentación también ha derivado en investigaciones colaterales, como la que realiza el Departamento de Ciencias del Suelo de la Universidad Estatal de Washington para determinar cómo asimila la tierra desechos como las amalgamas basadas en metales como el mercurio o el oro, utilizadas en odontología para la reconstrucción de piezas, o los restos de las potentes drogas empleadas en tratamientos de quimioterapia.

Además, los datos recogidos durante los procesos de descomposición de los cadáveres humanos, como el que dice que en torno a la primera semana la temperatura en el interior de los sudarios puede alcanzar los 70 grados centígrados, ya hace pensar en otras acciones derivadas, como el almacenamiento de energía en las instalaciones destinadas al compostaje humano. Vida, muerte, vida… ¿negocio?

El caso es que es más que probable que, en unos años, exista una opción alternativa al enterramiento y a la cremación, y que aúne la no contaminación del medio ambiente con una potente carga emotiva en el acto de la despedida de un ser querido que se marcha de la vida humana para convertirse en un limonero. O en las flores de Munch.

Óscar Gómez
Óscar Gómez

Periodista y socio fundador de Qwerty Radio.

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