¿A dónde le llevo, caballero?

No sé si os lo he contado, mi tío Paco, el pequeño por parte de padre, fue taxista durante unos años. Luego, colgó las llaves y montó la confitería con mi tía Chari. En la confitería estaba bien, pero lo que de verdad le apasionaba era la magia de la luz verde. Él había sido de toda la vida de taxi, además es que disfrutaba llevando a los pasajeros. Tenía el taxi que parecía una acuarela, qué cosa más bonita. Oliendo a pino en invierno y a limón en verano, limpio como una patena, su volante acolchado y su asiento de bolitas de madera, y en el retrovisor colgada la medalla de su hermandad. Un dandi de la franja amarilla.

Diréis que tampoco es nada extraordinario. De acuerdo. Pero quiero compartir una anécdota que mi tío me contó cuando apenas yo era un chaval, una historia de esas que te dejan fuera de juego y te descubren que los deportistas, por muy estrellas que sean, también son personas… con todas sus miserias. Un día, después de salir del colegio, llegué a la confitería, donde merendaba muchas tardes, y fue entonces cuando mi tío Paco se sentó conmigo…

– ¿Paquito, qué pasa, hijo? ¿Has visto, el Jerez ha fichado a Schuster?

Tras un silencio que denotaba mi indiferencia a aquella noticia, mi tío mostró las cartas que llevaba. Aquello del Jerez no era más que un cebo para poder narrar su historia.

– ¿Yo te he contado alguna vez lo mío con Bernardo?

Y esto es lo que mi tío Paco, confitero de obligación y taxista de devoción, me refirió:

“Todavía me acuerdo de aquel 7 de mayo de 1986. Fue un día de trabajo duro, vino mucha gente a la ciudad, jugaban la final de la Copa de Europa el F. C. Barcelona y el Steaua de Bucarest en el estadio Ramón Sánchez Pizjuán. ¡Imagínate! Todo el día del aeropuerto al centro y del centro al aeropuerto, y por la tarde llevando al personal al estadio, agotador. Cuando ya iba de vuelta para la central, no te puedes hacer una idea de lo que me pasó. Conducía por Luis de Morales, me levantaron la mano desde la acera y un tipo que decía trabajar en el estadio me dijo que necesitaba un taxi. Pensé para mis adentros: Joé, yo que quería llegar a casa para ver el final del partido y ahora un caprichoso que pide un taxi. Me paro en la puerta del campo, pongo mis warnings y enciendo mi radio Blaupunkt. Creo que era la voz del gran speaker panadero José Antonio Sánchez Araújo: “Sushstitución en el Fukcbol Cluc Barcelona, se retira Schuster…”. En ese momento se monta el pasajero. ¿A dónde le llevo, caballero? Y al mirar por el retrovisor me cagué en mis muelas: Bernd Schuster montado en mi taxi. Lo que estás escuchando. A mí me temblaba todo, lo miré, él me miró con ese bigote de Hulk Hogan y, cuando le escuché el acento, lo confirmé. El mismísimo Bernardo.

Por lo visto, el entrenador del Barça, Terry Venables, ya había notado hacía días a Schuster un poco distraído. En el partido no estaba dando pie con bola y en el minuto 85 lo cambió. Algo raro porque Bernardo era la estrella de aquel equipo y, tal y como iba el partido, 0 a 0, el experto en penaltis era el alemán.

Se montó en el coche acordándose de Venables y de media Inglaterra, la verdad es que estaba alterado. Quería que nos fuéramos los dos para Málaga a cenar pescaíto frito, tuve que decirle que yo era padre de familia y que no podía quitarme de en medio esa noche. Al final lo convencí para llevarlo a su hotel.  Venía el gachó sudao y le tuve que prestrar mi rebequita porque iba a coger un constipado. Cuando llegamos al hotel, paré el taxímetro. 800 pesetas marca el cacharro, dame 500 calas y estamos en paz, Bernardo. Y me dice el teutón: “No te lo vas a creer, me han hecho una falta y se me ha caído el monedero”. Tuvo gracia el rubito. Se bajó, nos despedimos y se marchó con mi rebequita de Vilima. A los pocos días me mandó una camiseta firmada… pero la rebeca no.

Núñez, el presidente liliputiense del Barça, manifestó que no volvería a jugar en su equipo después de aquella falta de respeto al marcharse antes de que terminara el encuentro. Dicho y hecho, al año siguiente no volvió a jugar y un año más tarde fichó por el Real Madrid. Quién sabe si Ramón Mendoza, presidente madridista por aquel entonces, no habría tanteado ya al mediocentro… no era nadie Don Ramón.

Hablando de Mendoza, Paco, por lo visto después de la tanda de penaltis que acabó con la consecución de la copa por parte de los rumanos, el portero del Steaua se convirtió en un héroe nacional… y también en Madrid. Ramón Mendoza le llegó a regalar un Mercedes por su hazaña y cuentan que el gobierno rumano decidió quitárselo ya que un portero de fútbol de la época que tuviera semejante auto no era de recibo. El guardameta se negó y la policía secreta del dictador Ceausescu se hizo cargo “amablemente” del asunto. Hay quien dice que le rompieron uno a uno todos los dedos de la mano con la que detenía los penaltis. El arquero siempre ha negado tal historia.

Para que veas, Paquito, los futbolistas también son personas y el mosqueo de Schuster aquella noche lo corrobora. Se calentó y decidió marcharse sin dar explicaciones, tuvo sus consecuencias, pero… ¿y lo a gusto que se quedó Bernardo cuando lo dejé en su hotel? En el taxi me pasaban cosas trepidantes, no como aquí en la confitería, que no entra nadie. Bueno, miento, una vez entró Ángel Garó, que vino a por bombones para un primo suyo que vive en los pisos de aquí al lado”.

Como diría el gran Paco Gandía, es verídico…

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