A dildo muerto

El día en que me vi mirando atónita el averiado dildo sin saber en qué cubo depositarlo, entendí que lo de reciclar se me había ido de las manos. Mi conciencia social y la imagen de una tortuga atacada por un objeto fálico flotante me podía. Esos pobres reptiles torturados ya provocaron que me dedicara a cortar en pedacitos las redes -parece que asesinas- que aglutinan las latas.

Así que ahí estaba yo, evocando la fauna marina y descartando opciones para facilitar la decisión. “Vale, no es papel, ni orgánico (aunque cada vez las texturas estén mejor conseguidas)”; de manera que la disyuntiva se quedó en si debía catalogarlo como plástico y se derivaba al bidón amarillo; o si era electrónico y tenía que descartarlo como a una radio. Radio y dildo juntos, promotores de mis mayores placeres, no era mala opción.

Menos mal que la dicotomía orilló cierta melancolía. Al fin y al cabo, fue el primero: el que ordenó orgasmos, izó autoestima, completó juegos compartidos, conjugó algún insomnio. Y, sobre todo, me guió en el descubrimiento de un mapa íntimo y desconocido, que me permitió ser primero (auto)exploradora para luego pasar a ser sherpa y guiar a aquellos que se acercan siendo generosos, aquellos que “no pierden si ven que ganamos”, que canta Antílopez. 

Y qué jodienda, pensaba con el aparato en mano. También a éstos les llega su hora sin que medien soluciones azules, remiendos químicos. Obsolescencia programada en látex, fin nada prostático y sin apenas trauma. Y a dildo muerto, dildo puesto. Que queda tanto por explorar…

Iba de idea en idea, pero no despejaba la duda: en cualquiera de los bidones en los que acabara el juguete resultaba ectópico. Deberían poner en los puntos limpios un sector de “no sabe/no contesta”; o sector gorrigüeña -ni gorrión ni cigüeña- para aquellos residuos que pueden enmarcarse en varias etiquetas. Y ahí dejas tú el marrón de la indefinición, previo encogimiento de hombros, para que decida otro. Que a mi esto me está llevando más rato y neuronas de las que pensaba cuando me encontré en la disyuntiva de cómo deshacerme de mi primer dildo.

Igual, la mejor opción era darle cristiana sepultura y que se fuera con la misma discreción con la que llegó -un amigo me lo regaló con mucho secretismo-. Porque seguimos tiñendo de tabú lo que atañe a nuestra sexualidad, especialmente en femenino. Mujeres condenadas por siglos a no sentir, a no disfrutar, a no conjugar el reflexivo de satisfacer, porque el placer siempre caía del mismo lado.

Y proyectarme dejando en el contenedor amarillo dos tetrabricks, seis latas de Cocacola y un vibrador estándar ante la mirada de la concurrencia me daba la risa. Porque aunque después llegaron diseños más modernos y menos evidentes, éste era de los realistas, qué digo realista, hiperrealista, como un Antonio López del muestrario de juguetes. Lo del diseño en estas cosas ha evolucionado mucho, tanto que las bolas chinas de una amiga acabaron encasquetadas en el árbol de navidad, confundidas por su hijo con un adorno para la ocasión.

También barajaba si no debería preceder a su eliminación, fuera cual fuera, un reconocimiento por los servicios prestados, un “fue bonito mientras duró”, un “tú sí que me conoces profundamente”; y es que después de tantos años de conexión, dejarlo ya me parecía carente de tacto, frío. A amantes que me han dado menos les he hecho más alharacas a la hora de plantarlos. Qué menos, ¿no?

Total, que sigo sin saber qué hacer, ni dónde depositarlo, ni cómo desecharlo, y anda en un armario guardado esperando a tomar la decisión que no pude alcanzar en su momento y en la que sigo atorada. Esperando, tal vez, a que saquen un plan renove que me permita evolucionar el equipamiento con mejores prestaciones y servicios.

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